ESTA ES NUESTRA FE

Un lugar para conocer las verdades fundamentales de la fe católica

LA EUCARISTÍA

LA MISA,

CUESTIÓN DE VIDA O MUERTE

Ninguna persona puede vivir sin comer, sin alimentarse.

Ningún católico puede sobrevivir como católico, sin Misa, sin Eucaristía.

Al menos cada domingo, día en el que celebramos la Resurrección gloriosa de Jesús.

No se trata de que sea un mandamiento que hay que cumplir para evitar un castigo.

Es, simplemente, algo que se deriva de nuestro ser de cristianos.

Nadie necesita una ley que le ordene comer, ni tratar de mantenerse saludable. 

Naturalmente todos sabemos que tenemos que hacerlo para poder mantener la vida en condiciones óptimas y gozar de ella.

La experiencia nos muestra que cuando alguien se empeña en no comer, en unos cuantos días ya no puede sostenerse en pie, y si sigue con su idea, en poco tiempo le llega la muerte.

Cuando no vamos a Misa, cuando no participamos regularmente en la Eucaristía, nos alejamos irremediablemente de Dios, aunque digamos a los demás que nuestra fe es fuerte, y no necesita manifestaciones externas para subsistir. 

Sin Misa, sin Eucaristía, nuestro espíritu se debilita, nos hacemos cada vez más vulnerables e indefensos frente al mal, y muy fácilmente nos convertimos en un “muerto en vida”. ¡Físicamente vivos, espiritualmente muertos!…

Para quienes creemos en Jesús, la Misa, la Eucaristía, es cuestión de vida o muerte. Él mismo lo dijo:

“Si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes…  Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.  El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mí y yo en él…” (Juan 6, 53-56)

LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DEL AMOR

Jesús instituyó la Eucaristía como sacramento del amor; como manifestación clara, como prueba absoluta y contundente, de su amor infinito por cada uno de nosotros. Podemos verlo en la narración que hacen los cuatro evangelios de lo que sucedió en la Última Cena.

En el Evangelio según san Juan leemos:

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Juan 13, 1-2).

Jesús, Dios-con-nosotros, nos ama profundamente, y entrega su vida en la cruz por amor, para salvarnos de la muerte eterna.

Jesús nos ama y anticipa su entrega del Calvario en la última comida de Pascua con sus amigos y discípulos:

“Esto es mi cuerpo que es entregado por ustedes… Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por ustedes… Hagan esto en memoria mía”. (Lucas 22, 19-20)

La Eucaristía es la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Jesús que nos enseña con su ejemplo a vivir en el amor de unos con otros.

LA EUCARISTÍA, FUENTE Y CIMA DE LA VIDA CRISTIANA

La Iglesia nos enseña, en su magisterio, que la Eucaristía es “la fuente y  culmen de toda la vida cristiana”. Esto quiere decir:

1. En la Eucaristía – en la celebración del amor de Jesús por nosotros – nace la vida cristiana auténtica, y lo que la vida cristiana es: el seguimiento fiel de Jesús, en el amor y el servicio.

2. De la Eucaristía – Jesús que está vivo y presente, como Dios y como hombre, en el pan y el vino consagrados – esa vida cristiana se alimenta, se nutre.

3. En la Eucaristía y con la Eucaristía – celebrando alegres el amor misericordios que Dios nos manifestó al darnos a su Hijo como Salvador -, nuestra vida cristiana se fortalece.

4. Todo en la vida cristiana, nos conduce a la Eucaristía, porque nuestra fe en Jesús nos mueve a encontrarnos con él y a unirnos vitalmente a él, recibiéndolo en la Comunión, para luego proyectarlo al mundo, con nuestras obras de amor y de servicio.

LA EUCARISTÍA CONSTRUYE LA IGLESIA

 La palabra “Iglesia” quiere decir “asamblea”, “reunión”. La Iglesia es la asamble, la reunión, la comunidad de quienes creemos en Jesús, en sus palabras y en sus milagros, en su vida, en su muerte, en su resurrección, y nos esforzamos por seguirlo, haciendo realidad en nosotros sus enseñanzas y su ejemplo.

Toda comunidad, toda familia, crece y se desarrolla alrededor de la mesa común, compartiendo los alimentos, fraternalmente. Esto se manifiesta claramente en la Iglesia. Nos lo dice el libro de los Hechos de los apóstoles, cuando habla de las primeras comunidades cristianas:

“Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones… Todos los creyentes vivían unidos y gtenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según las necesidades de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia, y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2, 42.44-47)

Todos los días la Iglesia celebra la Eucaristía hasta en los rincones más apartados de la tierra. Por las palabras del sacerdote, dichas con fe, en unión con toda la Iglesia, y por la efusión del Espíritu Santo, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Nosotros lo recibimos en la Comunión y nos hacemos uno con él y con todos los hombres y mujeres de la tierra. Nos lo dice san Pablo:

“La copa de bendición, que bendecimos, ¿no es acaso la comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un sólo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Corintios 10, 16-17) 

En la Eucaristía nos hacemos uno con Jesús, para amar como él amó; para servir como él sirvió; para compartir lo que somos y lo que tenemos como él lo hizo cuando estaba en el mundo.

En la Eucaristía estrechamos los lazos que nos unen con Dios y con todos los hombres y mujeres del mundo, a quienes podemos llamar hermanos.

NUESTRA PARTICIPACIÓN EN LA EUCARISTÍA

  Ir a Misa, participar en la Eucaristía, es:

– Permanecer atentos a lo que el sacerdote hace y dice en ella,

– Responder con alegría y entusiasmo a las oraciones que entona el sacerdote,

– Tomar en cada momento la posición que corresponde: de pies, sentado, de rodillas, porque con ello se indica una actitud interior muy concreta,

– Orar con toda la asamblea,

– Acercarse a recibir a Jesús en la Eucaristía para hacernos uno con él y con toda la comunidad cristiana.

Cuando participamos en la Misa – como debe ser -, nuestra vida tiene que cambiar:

– Tenemos que hacernos mejores hijos, mejores hermanos, mejores amigos, mejores esposos, mejores padres…

– Responder más fielmente a nuestros compromisos con la familia, con la sociedad, en el estudio, en el trabajo…

– Vivir cada día con mayor interés y decisión nuestra condición de cristianos: hacernos verdaderos seguidor de Jesús, imagen viva y siempre renovada de Jesús resucitado.

No se “da” Misa. Ni se va a “oír” Misa. La Misa se celebra. Se participa en la Misa.

En la Misa no hay espectadores. Todos: el sacerdote y los fieles, somos actores, que celebramos alegres y totalmente convencidos, nuestra fe.

COMULGAR…

Comulgar no es un simple acto de devoción, como rezar un Rosario, o hacer una Novena a un santo.

Comulgar es asumir en nuestra vida a Jesús Dios-hombre; alimentarnos de su Cuerpo y de su Sangre, para “ser como él”. Es unirnos vitalmente a Jesús, para “parecernos a él”; para dejar de ser como somos y empezar a ser, con nuestra propia carne y nuestra propia sangre, lo que él fue cuando vivió  en nuestro mundo.

Comulgar es asumir en nuestro ser de hombres y de mujeres, frágiles y limitados, el ser de Jesús: Dios verdadero y hombre perfecto, y esto implica renunciar a ser lo que hasta ahora hemos sido, para empezar a ser “criaturas nuevas”, hombres y mujeres nuevos.

Participar en la Misa y comulgar, es asumir en nuestra propia vida, la Vida, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesús, y su amor por todos los hombres y mujeres del mundo.

Esto quiere decir que recibir a Jesús Eucaristía debe llevarnos a vivir nuestra vida, nuestros afanes de cada día, nuestras penas y nuestras alegrías, teniendo siempre nuestra mirada puesta en él. Vivir las 24 horas del día, los 365 días del año, conscientes de la presencia activa y operante de Dios en nosotros.

La Carne y la Sangre de Jesús nos transforman, en la medida en que nosotros queramos dejarnos transformar; en la medida en que le abramos las puertas de nuestro corazón.

 

 

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