ESTA ES NUESTRA FE

Un lugar para conocer las verdades fundamentales de la fe católica

LA CONFESIÓN

CONFESARME…  ¿PARA QUÉ?…

Seguramente muchas veces has oído frases como estas, u otras parecidas:

“Yo no me confieso… No tengo de qué confesarme porque no hago mal a nadie”.

“No creo en la confesión… o mejor dicho, no la necesito para nada… Yo hablo directamente con Dios y ya está”.

“Hace muchos años que no me confieso… No sé cómo hacerlo y además me da miedo …”

“Los curas no me inspiran confianza… son igual de pecadores a nosotros… entonces no veo por qué tengo que ir a decirles mis cosas…”

“Cada vez que me confieso digo los mismos pecados… Volveré a confesarme cuando tenga algo que sea realmente grave…”

“Pecado es lo que no se hace… Yo no tengo de qué confesarme…”

“El pecado no existe… lo inventaron los curas para dañarnos la vida…”

Parece que la Confesión no está de moda entre los católicos.  ¿Por qué sucede esto?…   ¿Qué piensas tú?…

Evidentemente, la Confesión no está de moda, porque hemos perdido la conciencia de pecado, porque antes  perdimos el sentido de Dios; de su verdad, de su bondad, de su perfección, y también, obviamente, de lo que es y lo que significa nuestra relación con él. 

¿QUÉ ES EL PECADO?…  ¿CÓMO PODEMOS DEFINIRLO?…

En términos generales, podemos decir que el pecado es aquello que nos separa de Dios, aquello que de una manera o de otra nos sitúa en la orilla de enfrente respecto de Dios, porque se opone a su Voluntad de amor y de bien, a su Voluntad salvadora para todos los hombres y mujeres del mundo.

Cometemos pecado cuando de una manera o de otra, nos enfrentamos a lo que Dios quiere de nosotros, a lo que tenía pensado para nosotros desde el principio de los tiempos.

En este sentido podemos afirmar que pecado es todo aquello que nos aleja de nuestro centro, de nuestro fundamento, que es Dios mismo; sea cual sea la idea que de él tengamos.

El pecado

  • nos deshumaniza, es decir, socava nuestra integridad como seres humano;
  • nos impide ser lo que estamos llamados a ser;
  • nos esclaviza;
  • nos enreda, nos confunde;
  • daña nuestras relaciones con los demás.

EL PERDÓN DE LOS PECADOS     

Pero Dios que es infinitamente misericordioso está siempre dispuesto a olvidar nuestros pecados y a fortalecernos con su amor y con su gracia, para que podamos seguir adelante con nuestra vida. Nos lo enseña Jesús en la Parábola del Hijo pródigo, que podríamos llamar también la Parábola del Padre misericordioso, que encontramos en el Evangelio según san Lucas, capítulo 15, versículos 1 a 24.

Cuando Dios perdona nuestros pecados, los destruye totalmente. No vuelve a acordarse de ellos.. Y hace fiesta en su corazón porque, como dice el padre de la parábola: “porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”.

EL SACRAMENTO DEL PERDÓN

Los evangelios nos cuentan que Jesús perdonaba los pecados a quienes se acercaban a él, y que lo hacía en su calidad de Hijo de Dios. 

“Le presentaron un paralítico, y Jesús, viendo la fe de quienes se lo llevaban, le dijo: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Algunos de los escribas que estaban allí, se sorprendieron y decían: “¿Por qué este habla así? Está blasfemando, ¿Quién puede perdonar pecados sino Dios sólo?”. Jesús conoció lo que pensaban, y les dijo: – ¿Por qué piensan así en sus corazones?… Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados.“ (Marcos 2, 1-12).

Después de su resurrección, Jesús confió este poder a los apóstoles, cuando se presentó en medio de ellos, en el lugar donde estaban reunidos. Les dijo:

“Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos’” (cf. Juan 20, 19-23).

Dándonos el perdón, Jesus sana las heridas que el pecado nos causa, y restablece nuestra comunión con Dios, con la comunidad humana de la cual somos parte, y con nosotros mismos .

¿QUIÉN PUEDE Y DEBE  CONFESARSE ?    

La Confesión es para todos porque todos somos pecadores, en mayor o menor medida. San Juan nos dice en su  Primera Carta:   

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad” (1 Juan 1, 8-9).

Acercarnos al sacerdote para confesarnos nos exige:

  1. Tener conciencia de lo que este sacramento es y de lo que nos da, y también conciencia y claridad sobre nuestros pecados;
  2. Dolor de haber ofendido con ellos a Dios y a la comunidad cristiana a la que pertenecemos; y
  3. Propósito de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para  mantenernos vigilantes y luchar decididamente contra lo que nos separa de Dios y del propósito que él tenía cuando nos creó.

La Confesión frecuente nos ayuda a mantenernos en amistad con Dios y con nuestros hermanos, y además, nos comunica gracias especiales que nos fortalecen en la lucha contra el mal que nos acosa.    

Cuando el sacerdote celebra el Sacramento del perdón, actúa en nombre de Jesús, y es  signo  e instrumento del amor misericordioso de Dios, que nos acoge en su corazón de Padre.

EFECTOS DE LA CONFESIÓN             

El fin principal de la Confesión es nuestra reconciliación con Dios y nuestra reconciliación con la Iglesia, familia de Dios, de la cual somos parte. 

La reconciliación con Dios produce en nosotros la paz de la conciencia y la restauración plena de nuestra dignidad especial de hijos suyos, con todos los bienes que de ella se derivan.

La reconciliación con la Iglesia restaura o repara nuestra comunicación fraterna con quienes viven a nuestro alrededor, y nos  fortalece con el intercambio de bienes espirituales de unos con otros.   

Celebrada dignamente, la Confesión realiza en nosotros una verdadera “resurrección espiritual”.

Confesarnos es celebrar la vida, la pureza, la libertad. Celebrar el amor infinito y misericordioso de Dios. celebrar su bondad, su justicia, su verdad. Y celebrar también nuestro deseo íntimo de responder con alegría y fidelidad al don de la salvación.

PARA CONFESARNOS BIEN…

 1. Examen de conciencia:

A solas con tu conciencia miras tu vida y buscas en qué le has fallado a Dios, en qué les has fallado a las personas que te rodean, cómo has cumplido tus responsabilidades particulares, cómo vives tu vida de fe.

2. Dolor de los pecados:

Frente a la bondad y la santidad de Dios, te reconoces pecador y te arrepientes por haber olvidado su amor y su generosidad para contigo. Este arrepentimiento es absolutamente indispensable; en él se fundamenta el perdón que Dios nos da.

3. Propósito de conversión:

Es consecuencia del dolor de los pecados. Decides cambiar de vida, convertirte, y vivir de acuerdo al amor que Dios nos ha dado en Jesucristo, poniendo en práctica su mensaje de amor. El propósito de conversión debe abarcar todos los pecados que descubriste en el examen de conciencia y que has confesado.

4. Confesión propiamente dicha:

Delante del sacerdote que actúa en nombre de Jesús, te acusas del mal que has hecho. No puedes callar ningún pecado por vergüenza. No debes acusar a otros por tus propias debilidades. Debes ser muy sencillo para decir tus pecados y para responder al confesor cuando te pregunta algo. No olvides llamar al pecado por su nombre; disfrazar los pecados con nombres “suaves” para que parezcan “menos malos”, es una manera de mentir.

5. Satisfacción o cumplimiento de la penitencia:

Lo más pronto posible después de confesarte cumples la penitencia que el sacerdote te impone, para “reparar”, al menos simbólicamente, tus pecados. Tu vida honesta, la oración y las obras de caridad, también son penitencia por los pecados, agradable a los ojos de Dios.

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