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EL ORDEN SACERDOTAL

EL ORDEN SACERDOTAL,

AL SERVICIO DE DIOS

Y DE LOS HOMBRES

“Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los enviaron” (Hechos de los Apóstoles 13, 3) 

EL SACRAMENTO DEL ORDEN EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

 

La Sagrada Escritura nos dice que el pueblo de Dios, el pueblo de Israel, fue constituido como un “reino de sacerdotes y una nación consagrada” (Éxodo 19, 6). Pero dentro de él, Dios escogió una de las doce tribus, la tribu de Leví, para el servicio litúrgico. Este es el sacerdocio que llamamos de la Antigua Alianza. La misión de los sacerdotes de la Antigua Alianza era anunciar la Palabra de Dios y restablecer la relación del pueblo con Dios, mediante los sacrificios y la oración.

La Iglesia ve en este sacerdocio de la Antigua Alianza, una prefiguración del sacerdocio de la Nueva Alianza, iniciado por Cristo Jesús, con su Sacrificio de la cruz. El Sacrificio redentor de Jesús, es el único sacrificio realizado una vez y para siempre, y se hace presente en la celebración de la Eucaristía. Lo mismo sucede con el sacerdocio de Cristo, que se hace presente por el sacerdocio ministerial.

Cuando recibimos el Bautismo, recibimos con él el sacerdocio bautismal, que nos permite participar en la misión de Jesús, según nuestra propia vocación particular. Este sacerdocio bautismal es semejante al sacerdocio del pueblo de Israel, común a todos. El sacerdocio ministerial de los Obispos, Presbíteros y Diáconos, es otro tipo de sacerdocio, que corresponde más bien al sacerdocio de la tribu de Leví, y se deriva del mismo sacerdocio de Cristo.

El sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio bautismal común a todos los fieles cristianos, y tiene como tarea desarrollar la gracia bautismal mediante los Sacramentos. Es un verdadero servicio al pueblo de Dios, depende totalmente de Cristo, y fue instituido por El en favor de los hombres.

El Sacramento del Orden comunica un “poder sagrado” que es el mismo poder de Cristo; esto significa, que el ejercicio del sacerdocio, debe medirse según el modelo de Cristo, que se hizo servidor de todos. El Ministro ordenado, es decir, quien ha recibido el Sacramento del Orden Sacerdotal, actúa “in persona Christi”, es decir, él es Cristo mismo que se hace presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo.

LOS TRES GRADOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

 

El Concilio Vaticano II nos dice: “El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes que ya desde antiguo reciben los nombres de Obispos, Presbíteros y Diáconos” (Lumen Gentium N.28)

Los Obispos, los Presbíteros y los Diáconos son consagrados por un único Sacramento del Orden. Los Obispos y los Presbíteros participan del sacerdocio de Cristo. Los Diáconos tienen como misión ayudarles y servirles en su tarea.

EL EPISCOPADO

Entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa el primer lugar el Ministerio Episcopal, o de los Obispos. Este Ministerio Episcopal tiene su origen en los Apóstoles a quienes Jesús mismo eligió, y a quienes, después de su resurrección les comunicó el Espíritu Santo. Más adelante, los Apóstoles, mediante la Imposición de las manos, comunicaron el don del Espíritu a otros, y así el Episcopado ha llegado a nuestros días.

La Consagración Episcopal comunica a quien la recibe, la plenitud del Sacramento del Orden. La misión los Obispos es santificar, enseñar y gobernar a los fieles en la Iglesia, a imitación del mismo Jesús.

Los Obispos forman el Colegio Episcopal, presidido por el Papa, Obispo de Roma. Cada Obispo tiene la misión de cuidar la Iglesia particular que le ha sido confiada, pero al mismo tiempo, y como miembro del Colegio Episcopal, debe preocuparse por todas las Iglesias, por la Iglesia Universal.

LOS PRESBÍTEROS, COLABORADORES DE LOS OBISPOS

El Concilio Vaticano II afirma: “La función ministerial de los Obispos, en grado subordinado, fue encomendada a los Presbíteros para que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran los colaboradores del Orden episcopal para realizar adecuadamente la misión apostólica confiada por Cristo” (Prsbyterorum Ordinis N. 2). 

En virtud del Sacramento del Orden, los Presbíteros son consagrados como verdaderos Sacerdotes, a imagen de Cristo. Su misión es anunciar el Evangelio, dirigir a los fieles y celebrar el culto divino.

Los Presbíteros sólo pueden ejercer su Ministerio Sacerdotal, en dependencia del Obispo y en comunión con él. Esta unión de los Presbíteros con su Obispo está simbolizada en la celebración del Sacramento del Orden, por la promesa de obediencia que hacen al Obispo en momento de la ordenación, y el beso de paz del Obispo al final de la Liturgia del Sacramento.

LOS DIÁCONOS Y SU MISIÓN DE SERVICIO

El grado inferior del Sacramento del Orden es el Diaconado. A los Diáconos se les imponen las manos para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio. La tarea de los Diáconos es:

– asistir al Obispo y a los Presbíteros en las celebraciones litúrgicas, sobre todo en la celebración de la Eucaristía y en la distribución de la Comunión;

– asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo;

– proclamar el Evangelio y predicar;

– presidir las exequias;

– y entregarse a los diversos servicios de la caridad.

El Diaconado, como el Presbiterado y el Episcopado, imprime carácter, es un sello indeleble que nadie puede hacer desaparecer.

A partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia Latina ha restablecido en la Iglesia el Diaconado permanente, el cual puede ser conferido a hombres casados.

CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

La celebración de la ordenación de un Obispo, de un Presbítero o de un Diácono, es muy importante para la Iglesia Particular, por eso exige que haya concurrencia de fieles, que sea un domingo, y que se lleve a cabo en la iglesia Catedral con gran solemnidad.

Las tres ordenaciones, la del Obispo, la del Presbítero y la del Diácono, tienen un mismo dinamismo, y el lugar propio de su celebración es dentro de la Eucaristía.

El rito esencial del Sacramento del Orden, en los tres grados, es la Imposición de las manos del Obispo sobre la cabeza del ordenado, y una Oración consecratoria específica para cada grado. Esta Oración pide a Dios la efusión del Espíritu Santo y de sus dones apropiados al ministerio para el cual el candidato es ordenado. Para los distintos grados hay algunos otros ritos complementarios, que expresan y completan, de manera simbólica, el misterio que se realiza con el Sacramento.

El Obispo y el Presbítero son ungidos con el Santo Crisma, signo de la efusión del Espíritu Santo, que hace fecundo su ministerio. Al Obispo se le entregan el libro de los Evangelios, el anillo, la mitra y el báculo, en señal de su misión de anunciar la Palabra de Dios, de su fidelidad a la Iglesia, y de su cargo de pastor del rebaño del Señor. Al Presbítero se le entregan la patena y el cáliz, en señal de su misión de presentar a Dios la ofrenda del pueblo santo en la celebración de la Eucaristía. Al Diácono se le entregan los Evangelios, por su misión de anunciar el Evangelio de Cristo.

MINISTRO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

Jesús eligió a los Apóstoles y les participó su misión y su autoridad. “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 18-20). 

Los Apóstoles cumplieron el mandato de Jesús y muy pronto creció el número de sus seguidores. Entonces ellos eligieron a algunos entre el grupo de los creyentes, para que continuaran su misión, les imponían las manos y el Espíritu Santo los fortalecía para su nueva tarea. Así ha sido hasta nuestros días.

El Sacramento del Orden es el Sacramento del ministerio apostólico, y por lo tanto, corresponde a los Obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, transmitir “el don del Espíritu Santo”. Todo Obispo válidamente ordenado, es decir, que esté en la línea de la sucesión apostólica, puede conferir los tres grados del Sacramento del Orden.

QUIENES PUEDEN RECIBIR EL SACRAMENTO DEL ORDEN

Sólo pueden recibir el Sacramento del Orden, en cualquiera de sus tres grados, los varones bautizados, que tengan aptitudes reconocidas para el ejercicio del ministerio. Esta prescripción está fundamentada en que Jesús solamente eligió varones para formar con ellos el Colegio Apostólico, y los Apóstoles hicieron lo mismo al elegir sus colaboradores y sucesores.

Por otra parte, todos los Ministros Ordenados de la Iglesia Latina, exceptuando a los Diáconos permanentes, son hombres célibes (solteros), y que manifiestan públicamente la voluntad de guardar el celibato por el Reino de los cielos. Llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus cosas, se entregan enteramente a Dios y a los hombres.

EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

El Sacramento del Orden configura a quien lo recibe, con Cristo, mediante una gracia especial del Espíritu Santo. Esta gracia le permite servir de instrumento de Cristo en favor de su Iglesia.

Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta participación en la misión de Cristo es concedida de una vez y para siempre, por eso marca a quien lo recibe con un sello indeleble que no se borra jamás. No puede ser repetido y tampoco puede ser conferido para un tiempo determinado.

El Obispo recibe la gracia de fortaleza que lo impulsa a anunciar el Evangelio a todo el pueblo de Dios y a precederlo en el camino de la santificación, y le permite guiar y defender con fuerza y prudencia a su Iglesia, con amor gratuito para todos y con predilección por los pobres, los enfermos y los necesitados.

El Presbítero recibe la gracia que lo hace digno de presentarse sin reproche ante el altar, para la celebración de la Eucaristía, anunciar el Evangelio, ofrecer dones y sacrificios espirituales, realizar el Ministerio de la Palabra y renovar el pueblo de Dios mediante el Bautismo.

El Diácono recibe la gracia del Espíritu Santo que le permite ponerse al servicio del pueblo de Dios en el Ministerio de la Liturgia, de la Palabra y de la Caridad.

CONCLUSIÓN

Como todos los Sacramentos, el Sacramento del Orden exige recta intención de quien lo va a recibir, y apertura y disponibilidad especiales para recibir la gracia de Dios propia del Sacramento, y para cumplir los deberes que el Sacramento le exige. Sin esta recta intención, el Sacramento puede llegar a ser ilícito o nulo.

Del mismo modo, recibir el Sacramento del Orden en cualquiera de sus tres grados es, para quien lo recibe, un compromiso con Dios que exige fidelidad y no se puede romper. Un compromiso que señala una manera especial de vivir y de ser que manifieste claramente la unión íntima con Jesús, y el deseo sincero y profundo de ser su seguidor y su vocero delante de los hombres.

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