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EL MATRIMONIO

EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

 

“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne” (Mateo 19, 5) 

 

El Código de Derecho Canónico nos dice: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (Código de Derecho Canónico, canon 1055, 1).

EL MATRIMONIO EN EL PLAN DE DIOS

La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de las manos de Dios. La Sagrada Escritura afirma que fueron creados el uno para el otro. El libro del Génesis nos dice: “Dijo luego Yahvé Dios: No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Génesis 2, 18).

Dios que creó al hombre y a la mujer por amor, los llamó también al amor. Este amor entre el hombre y la mujer es bueno a los ojos de Dios, y Dios lo bendice y lo destina a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó. Y los bendijo diciéndoles: Sean fecundos y multiplíquense y llenen la tierra y sométanla” (Génesis 1, 27-28a).

Según el plan de Dios, la unión entre el hombre y la mujer es una unión que debe perdurar a lo largo de toda su vida.

EL MATRIMONIO BAJO LA ESCLAVITUD DEL PECADO

Es un hecho que todos los seres humanos vivimos la experiencia del mal, tanto en nuestro entorno, lo que nos rodea, como en nuestro propio corazón. Esta experiencia del mal se hace sentir de un modo particular en las relaciones entre el hombre y la mujer.

Según nos enseña la fe, este desorden que dolorosamente constatamos, no proviene de la naturaleza de los seres humanos, sino del pecado. El primer pecado, que trajo consigo la ruptura con Dios, tuvo como consecuencia la ruptura de la comunión original que existía entre el hombre y la mujer.

Por el pecado las relaciones entre el hombre y la mujer quedan distorsionadas; su atractivo mutuo se cambia por relaciones de dominio y de concupiscencia; y su vocación a la fecundidad y al poder sobre la tierra, queda sometida a los dolores del parto y el esfuerzo para ganarse el pan. En el tercer capítulo del libro del Génesis leemos: “Dios dijo a la mujer: ‘Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos; con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará”. Al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo volverás” (Génesis 3, 16-19).

Para sanar las heridas causadas por el pecado, el hombre y la mujer necesitan la gracia de Dios, pero ellos deben estar abiertos a recibirla. Dios comunica su gracia al hombre y a la mujer que se unen movidos por el amor, precisamente en el Sacramento del Matrimonio.

EL MATRIMONIO Y LA LEY ANTIGUA

En el comienzo de la historia las relaciones entre el hombre y la mujer no estaban dirigidas y orientadas por los principios de la monogamia, un solo hombre para una sola mujer, ni de la indisolubilidad, unidos para toda la vida. La misma Sagrada Escritura nos habla de la poligamia de los patriarcas y de los reyes, y Moisés permitió el repudio de la mujer, por causa grave. 

Más adelante, los profetas, contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel, fueron preparando al pueblo de Israel para una comprensión más profunda de la unidad e indisolubilidad del matrimonio. Los libros de Ruth y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad, y de la ternura de los esposos. Y la Tradición ha visto siempre en el “Cantar de los Cantares” una expresión muy especial del amor humano, reflejo del amor de Dios por su pueblo.

EL MATRIMONIO EN EL SEÑOR

Al comienzo de su vida pública, Jesús participó en un banquete de bodas, y allí realizó el primer milagro, a petición de su madre. Esta participación de Jesús en las bodas de Caná, es una muestra del valor que le dio al matrimonio, y un anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de su presencia en el mundo.

En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión entre el hombre y la mujer, según el plan de Dios al crearlos, y su indisolubilidad. En el Evangelio de San Mateo leemos: “Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerlo a prueba, le dijeron: ‘¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?’ El respondió: ‘¿No han leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separa el hombre’” (Mateo 19, 3-6).

Ante esta respuesta de Jesús, los fariseos volvieron a interrogarlo: “¿Por qué Moisés prescribió dar (a la mujer) acta de divorcio y repudiarla?’ Y Jesús les respondió: ‘Moisés, teniendo en cuenta la dureza de su corazón, les permitió repudiar a sus mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, les digo que quien repudie a su mujer – no por fornicación – y se case con otra, comete adulterio” (Mateo 19, 7-9).

La exigencia de Jesús no es irrealizable. El hombre y la mujer, protegidos y fortalecidos con la gracia de Dios, pueden vivir la verdadera y más profunda dimensión del matrimonio, en la perspectiva del Reino de Dios, que Jesús vino a traer a la tierra. Esto es precisamente lo que nos dice el apóstol San Pablo en su Carta a los Efesios: “Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla… Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo…Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne… Que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer que respete al marido” (Efesios 5, 25-26a.28.31.33b).

El matrimonio cristiano es un verdadero Sacramento de la Nueva Alianza, porque es signo y comunicación de la gracia que Cristo alcanzó para nosotros con su Sacrificio en la cruz.

LA VIRGINIDAD POR EL REINO DE DIOS

Pero el matrimonio no es la única forma de vida del hombre y la mujer. Existe también el estado de virginidad que corresponde a una unión íntima y vital con Jesucristo. Jesús invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que El es el modelo. El Evangelio de San Mateo nos transmite sus palabras: “Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los cielos. Quien pueda entender que entienda” (Mateo 19, 12).

Desde los comienzos de la Iglesia ha habido muchos hombres y mujeres que han renunciado al bien del matrimonio para ocuparse de las cosas del Señor y salir a su encuentro, en un estado de perfecta castidad. La virginidad por el Reino de los cielos es un desarrollo de la gracia que recibimos en el Bautismo, un signo claro de la preeminencia de la unión íntima y vital con Cristo, por encima de todo otro modo de vida. San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios dice al respecto: “Pienso que es una cosa buena, a causa de la necesidad presente, quedarse el hombre así. ¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿No estás unido a mujer? No la busques. Mas si te casas, no pecas. Y si la joven se casa, no peca. Pero todos ellos tendrán su tribulación en la carne, que yo quisiera evitarles… Yo los quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupará de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupará de las cosas del mundo, de cómo agradará a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido” (1 Corintios 7, 26-28.32-34).

Estas dos realidades, el Sacramento del Matrimonio y la Virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor. Es El quien les da sentido y concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la Virginidad por el Reino y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente.

CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

La celebración del Sacramento del Matrimonio se realiza ordinariamente dentro de la celebración de la Misa, para mostrar el vínculo que este y todos los demás Sacramentos, tienen con el Misterio Pascual de Jesús, que se hace presente y actuante en la Celebración Eucarística.

Es muy conveniente que los novios se preparen para celebrar su unión, recibiendo el Sacramento de la Penitencia.

Los Ministros del Sacramento del Matrimonio son los mismos contrayentes, quienes se confieren mutuamente el Sacramento expresando su consentimiento ante el Diácono o Sacerdote, que en nombre de la Iglesia presencia la celebración.

La liturgia de la celebración es especialmente rica en oraciones y bendiciones que piden a Dios su gracia y su protección para la nueva pareja. Los contrayentes reciben el Espíritu Santo quien sella su unión, y les comunica sus dones que fortalecen y renuevan su amor mutuo y su fidelidad.

EL CONSENTIMIENTO MATRIMONIAL

Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que expresan libremente su consentimiento. Ser libre quiere decir no obrar por coacción, y no estar impedido por una ley natural o eclesiástica.

La Iglesia considera el intercambio de los consentimientos entre los esposos como el elemento indispensable para que haya verdadero matrimonio. Si falta este consentimiento, no hay matrimonio.

El consentimiento en el matrimonio es un “acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente”. Este consentimiento lo expresan los esposos en la fórmula propia para la celebración del Sacramento: “Yo N… me doy a ti como esposa(o) y te recibo a ti como mi esposo(a)… para amarte y respetarte, todos los días de mi vida…”

El consentimiento debe ser un acto de voluntad de cada uno de los contrayentes, libre de violencia o de temor grave externo. Nada puede reemplazar este consentimiento libre. Si la libertad falta, el matrimonio es inválido, nulo.

El Sacerdote o el Diácono que asiste a la celebración del matrimonio, recibe el consentimiento de los esposos en nombre de la Iglesia, y los bendice también en su nombre. La presencia del ministro de la Iglesia y la presencia de los testigos, expresa visiblemente que el Matrimonio es una realidad eclesial.

EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

El Código de Derecho Canónico dice: “Del matrimonio válido se origina entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado” (Código de Derecho Canónico, canon 1134).

El vínculo matrimonial entre los esposos, es establecido por Dios, de modo que el matrimonio entre bautizados, celebrado y consumado, no puede ser disuelto jamás, es una realidad irrevocable.

La celebración del Sacramento del Matrimonio comunica a los contrayentes una gracia especial de Dios, destinada a perfeccionar su amor y a fortalecer su unidad indisoluble; por medio de esta gracia, los esposos se ayudan mutuamente a santificarse con la vida conyugal y en la acogida y educación de los hijos.

BIENES Y EXIGENCIAS DEL AMOR CONYUGAL

El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Esta unión única e indisoluble es confirmada, purificada y perfeccionada por la unión en Jesucristo, dada mediante la recepción del Sacramento, y que se profundiza por la vivencia común de la fe y la recepción común de la Eucaristía.

La unidad del matrimonio es confirmada ampliamente por la igualdad personal del hombre y de la mujer; hombre y mujer son iguales en dignidad y esta igualdad exige la exclusividad en el amor mutuo, fidelidad absoluta.

La gracia que Dios comunica a los esposos en el Sacramento del Matrimonio, los fortalece y ayuda para que permanezcan fieles el uno al otro, a lo largo de su vida, unidos en el amor, y abiertos a recibir los hijos como fruto de ese amor. Esta fidelidad fortifica y profundiza la indisolubilidad del vínculo matrimonial.

EL DIVORCIO Y EL MATRIMONIO CIVIL

El divorcio, que destruye el vínculo matrimonial, está excluido, de un todo y por todo, del Matrimonio sacramental. La Iglesia sólo acepta la separación, en algunos casos, por causas verdaderamente graves, pero no permite a ninguno de los cónyuges volver a contraer nuevo matrimonio.

En algunos casos muy especiales, la Iglesia declara NULOS ciertos matrimonios. Esto significa, que por causas específicas que la misma Iglesia señala en su Código de Derecho Canónico, no se dio verdadero matrimonio. Quienes reciben la nulidad de su matrimonio, pueden volver a casarse, cumplidos los requisitos que la Iglesia les señale.

El Matrimonio civil, que se contrae en los Juzgados o en las Notarías, o en cualquier otro lugar, en presencia de un Juez o un Notario, no es considerado por la Iglesia como verdadero Matrimonio, como un Matrimonio válido para los fieles cristianos, y quienes lo contraen, no pueden acercarse a recibir los Sacramentos mientras mantengan su situación.

LA FAMILIA: IGLESIA DOMESTICA

Jesús mostró el carácter sagrado de la familia, y le dio una nueva dimensión. Nació en el seno de una familia normal, y vivió en ella la mayor parte de su vida. Con su vida familiar, Jesús santificó las familias.

En nuestro mundo contemporáneo, con frecuencia extraño y en muchos casos hostil a la fe, las familias de creyentes tienen una importancia primordial: son luces que iluminan el mundo. Por esto, el Concilio Vaticano II llama a la familia “Iglesia doméstica”, fundamento de la Iglesia Universal.

En la familia cristiana, Iglesia doméstica, los padres y los hijos viven su fe y sus compromisos como bautizados, ayudándose y apoyándose mutuamente. Los padres deben ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe, con su palabra y con su ejemplo, y deben fomentar la vocación personal de cada uno, y con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada.

En la familia cristiana es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal de todos sus miembros: el padre de familia, la madre, y los hijos, con la oración común, la recepción frecuente de los Sacramentos, y el testimonio de una vida santa en las palabras y en las obras.

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