ESTA ES NUESTRA FE

Un lugar para conocer las verdades fundamentales de la fe católica

SEXTO Y NOVENO MANDAMIENTOS

 NO COMETAS ADULTERIO 

“No cometerás adulterio” (Éxodo 20, 14)

“Han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo les digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mateo 5, 27-28)

NO DESEES

LA MUJER DE TU PRÓJIMO

“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo”(Éxodo 20, 17)

LA PAREJA HUMANA

“Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó, y los bendijo diciéndoles: ‘Sean fecundos y multiplíquense…’” (Génesis 1, 27-28).

De esta manera la Sagrada Escritura consigna el comienzo de la historia humana, la historia de la pareja humana.

Hombre y mujer son dos modos de ser persona, dos modos distintos y complementarios de ser humanos, pero iguales en dignidad. Cada uno, el hombre y la mujer, debemos reconocer y aceptar nuestra identidad sexual, y vivirla adecuadamente.La diferencia y la complementariedad de los dos sexos, en el orden físico, moral, y espiritual, están destinadas naturalmente a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar, fundamento de la sociedad. La unión del hombre y la mujer en el matrimonio, es una manera de imitar en la carne, la generosidad y la fecundidad de Dios Creador, Señor de la vida.

La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto y el noveno mandamientos de la Ley de Dios, como referidos a la globalidad de la sexualidad humana.

LA CASTIDAD

Entendemos por castidad la integración de la sexualidad en la persona, en la unidad de su ser corporal y espiritual. En palabras más sencillas, la castidad es la virtud que nos lleva a ejercer la sexualidad como una donación mutua, de persona a persona, iluminada por el amor, y sin límites de tiempo.

La castidad implica dominio de sí, control de las pasiones y de los instintos, ejercicio de la libertad, respeto de la dignidad humana, amor verdadero.

La castidad exige un esfuerzo constante, a lo largo de la vida; nunca se puede considerar como virtud ya adquirida; es preciso permanecer atentos y dispuestos para no abandonarla, especialmente en ciertas etapas de la vida que son más difíciles.

Todos los bautizados estamos llamados a la castidad, según nuestro propio estado de vida. San Ambrosio dice al respecto: “Existen tres formas de la virtud de la castidad: una de los esposos, otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una con exclusión de las otras. En esto la disciplina de la Iglesia es rica” (San Ambrosio citado por el Catecismo de la Iglesia Católica N. 2349). Las personas casadas están llamadas a vivir la castidad conyugal, las demás, incluyendo los novios, están llamadas a vivir la castidad en la continencia. La continencia permite valorar de un modo especial la dignidad del otro, y ayuda al aprendizaje de la fidelidad.

La vivencia de la castidad no excluye de ninguna manera la educación sexual; todo lo contrario, exige una adecuada educación sexual que permita a los niños y a los jóvenes valorar la feminidad y la masculinidad, dar al ejercicio de la sexualidad su justa medida, y aprender a amar de verdad. La mejor escuela para esta educación sexual, es la familia, y los padres con su vivencia propia de la sexualidad y del amor, son los mejores maestros de sus hijos.

OFENSAS A LA CASTIDAD

Son ofensas a la castidad, pecados graves contra el sexto mandamiento: la lujuria, la masturbación, la fornicación, la pornografía, la prostitución y la violación.

La LUJURIA es un deseo o un goce desordenado del placer sexual, que se busca por sí mismo, independientemente de sus finalidades: la unión y la procreación.

La MASTURBACIÓN es la excitación voluntaria de los órganos genitales para obtener placer. La masturbación contradice la finalidad propia de la facultad sexual.

La FORNICACIÓN es la unión carnal de un hombre y una mujer, fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de la persona y de la sexualidad.

La PORNOGRAFÍA es exhibir ante terceras personas, actos sexuales reales o simulados. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad de la relación sexual. También atenta contra la dignidad de las personas, que llegan a ser simples objetos de placer sexual.

La PROSTITUCIÓN es el ejercicio de la actividad sexual por dinero. Atenta directa y gravemente contra la dignidad de las personas. Cuando afecta a niños y jóvenes, constituye también un ESCÁNDALO. Puede tener atenuantes, cuando quien se prostituye se ve sometido a ello por la miseria y la presión social.

La VIOLACIÓN es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Es más grave cuando se comete con los niños, cuando un padre lo hace con sus hijos (INCESTO), o cuando un maestro lo hace con sus discípulos.

LA HOMOSEXUALIDAD

La HOMOSEXUALIDAD designa las relaciones sexuales entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo.

La Sagrada Escritura presenta estas relaciones como contrarias a la ley natural. En la Carta a los Romanos, leemos: “Por eso Dios los entregó a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío” (Romanos 1, 26-27). La Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados.

Sin embargo, muchos hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas, de las que no son culpables. A estas personas, la Iglesia las llama a vivir su condición particular en la castidad, ejerciendo el dominio de sí mismas y evitando las relaciones íntimas. Una adecuada educación, junto con la práctica de la oración, y la recepción frecuente de los sacramentos, les ayudará a vivir su situación.

EL AMOR DE LOS ESPOSOS

La sexualidad humana está dirigida y ordenada al amor de los esposos, que se expresa en la intimidad conyugal. Esta intimidad conyugal no es algo meramente biológico, sino que afecta a la persona humana como tal, y es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen hasta la muerte.

Por la unión íntima de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: su bien personal y la transmisión de la vida humana. Esto quiere decir que el amor conyugal tiene dos exigencias: la fidelidad y la fecundidad.

LA FIDELIDAD CONYUGAL

En el Sermón de la Montaña que nos transmite San Mateo en su Evangelio, Jesús interpreta de manera rigurosa el plan de Dios respecto al hombre y la mujer unidos en matrimonio: “Han oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pues yo les digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mateo 5, 27-28). Y en otra oportunidad añadió: “No han leído que el Creador, desde el comienzo los hizo hombre y mujer, y que dijo: ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne’? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre… Quien repudie a su mujer – no por fornicación – y se case con otra, comete adulterio” (Mateo 19, 4-6. 9).

El consentimiento matrimonial es personal e irrevocable. El hombre y la mujer se dan definitiva y totalmente el uno al otro, y prometen permanecer unidos “hasta que la muerte los separe”.

LA FECUNDIDAD DEL MATRIMONIO

El amor conyugal está llamado a ser fecundo; por eso, todo acto matrimonial debe estar abierto a la transmisión de la vida. Sin embargo, por razones justificadas, los esposos tienen derecho a ejercer una “paternidad responsable”, y “regular” el nacimiento de sus hijos, espaciándolos, movidos más por la generosidad que por el egoísmo. En este caso, su conducta debe estar orientada por los criterios de la moralidad.

Son conformes a los criterios objetivos de la moralidad: la continencia periódica, los métodos de regulación de los nacimientos fundados en la autoobservación y el recurso a los períodos infecundos. Estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan su amor y favorecen el ejercicio de la libertad.

Pero también se da el caso contrario: las parejas estériles, que por alguna causa no pueden tener hijos por medios naturales. En estos casos, la Iglesia acepta las investigaciones y prácticas que respeten la dignidad de la persona y su bienestar integral, según el plan de Dios, y rechaza todas aquellas que de alguna manera separan el acto sexual del acto procreador.

En este sentido, es gravemente deshonesta la inseminación artificial empleando el esperma o el óvulo, de una persona extraña, lo mismo que el llamado “préstamo del útero”. Y es moralmente reprobable la inseminación artificial dentro de la pareja. En ambos casos se confía la vida al poder de los médicos, y se instaura el dominio de la técnica sobre el origen y destino de la persona. Los hijos no son un “derecho” de los padres, sino un “don”, y como tal, debe ser el fruto de un acto de amor de sus padres, nunca, el “resultado” de una técnica.

OFENSAS A LA DIGNIDAD DEL MATRIMONIO

Son ofensas graves a la dignidad del matrimonio, el adulterio, el divorcio, la poligamia y la poliandria, la unión libre y el incesto.

Se denomina ADULTERIO a la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, tienen una relación íntima, aunque sea ocasional, cometen adulterio. Jesús condena incluso el “deseo” de adulterio.

El DIVORCIO es la “disolución” del vínculo matrimonial legalmente establecido. Es una falta grave contra la ley natural, porque es una ruptura de un contrato aceptado libremente. Esta falta se hace aún mayor, cuando alguno de los esposos realiza un nuevo “matrimonio” por la ley civil, convirtiéndose en “adúltero”. El divorcio perjudica profundamente a los hijos.

La SEPARACIÓN de los esposos, manteniendo el vínculo matrimonial, puede ser legítima y aún aconsejable, en ciertos casos previstos por el Derecho Canónico.

La POLIGAMIA, un hombre con varias “esposas”, y la POLIANDRIA, una mujer con varios “esposos”, son contrarias a la ley natural y a la unidad del matrimonio.

El INCESTO, entendido como la relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio, es también una falta grave, que corrompe las relaciones familiares, y representa una regresión a la animalidad.

Se llama UNIÓN LIBRE a la unión de un hombre y una mujer en “aparente matrimonio”, sin acudir a las leyes civiles ni religiosas. La unión libre implica en cierto sentido, desprecio del matrimonio y de la familia, y es también una falta grave.

Toda relación sexual por fuera del matrimonio, es una falta grave, e impide la recepción de los sacramentos.

LA PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN

El noveno mandamiento de la Ley de Dios prohibe la concupiscencia de la carne. Se llama concupiscencia al deseo inmoderado de bienes materiales y goces sensuales.

La concupiscencia tiene su origen en el primer pecado, el pecado original, y representa un desorden de las facultades morales del hombre; sin ser una falta en sí misma, nos inclina a cometer pecados.

La concupiscencia hace que los seres humanos vivamos en una permanente tensión, que se establezca una lucha continua entre el “espíritu” y la “carne”. San Pablo nos dice sobre esto: “Si viven según el Espíritu, no darán satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que ustedes no hacen lo que quisieran… Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales los prevengo como ya los previne…” (Gálatas 5, 16-21).

La lucha contra la concupiscencia exige la purificación del corazón, porque como dijo Jesús, “de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones…” (Mateo 15, 19) .

La sexta Bienaventuranza proclama: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5, 8). La limpieza del corazón nos permite verlo todo con lo ojos de Dios; amar y servir al prójimo, y mirar el cuerpo humano, el nuestro y el de los demás, como templo del Espíritu Santo, y como manifestación de la belleza divina.

LA LUCHA POR LA PUREZA

El Bautismo nos purifica de nuestros pecados, pero no nos libra de la concupiscencia. Tenemos que seguir luchando contra ella, para no volver a pecar. Esta lucha contra el pecado que nos acosa sólo podemos ganarla, con la gracia de Dios que nos asiste, en la medida en que nosotros mismos se lo pidamos y estemos dispuestos a recibirla.

La oración constante, la práctica de la castidad que nos permite amar con corazón recto, la pureza de intención que nos lleva a buscar en todo la voluntad de Dios, la pureza de la mirada que nos hace rechazar los pensamientos impuros, y el pudor que nos impulsa a proteger nuestra intimidad, son los medios de que disponemos para vencer en esta batalla contra el pecado.

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