ESTA ES NUESTRA FE

Un lugar para conocer las verdades fundamentales de la fe católica

SÉPTIMO Y DÉCIMO MANDAMIENTOS

NO ROBES

“No robarás” (Éxodo 20, 15; Mateo 19, 18)

 NO CODICIES LOS BIENES AJENOS

“No codiciaras… nada que sea de tu prójimo” (Éxodo 20, 17)    

“No amontonen tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Más bien, amontonen tesoros en el cielo… Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6, 19- 21)

DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES

La Sagrada Escritura nos enseña que cuando Dios creó el mundo y todo lo que hay en él, se lo entregó al hombre para que “lo labrara y lo guardara” (cf. Génesis 2, 15) “Sean fecundos y multiplíquense y llenen la tierra y sométanla; manden en los peces del mar, en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra… Vean que les he dado toda hierba de semilla que existe sobre la haz de la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla, para ustedes será de alimento. Y a todo animal terrestre, y a toda ave de lo cielos y a toda sierpe de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy de alimento” (Génesis 1, 28-31).

A partir de entonces, todos los seres humanos, sin distinción ninguna, somos ADMINISTRADORES del mundo en que vivimos, y estamos llamados a perfeccionarlo con nuestro TRABAJO de cada día, y a beneficiarnos con sus frutos.

El Concilio Vaticano II nos dice sobre esto: “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todo el género humano. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma justa, bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad… Jamás se debe perder de vista este destino universal de los bienes” (Gaudium et Spes N. 69).

LA PROPIEDAD PRIVADA

El destino universal de los bienes del mundo, no excluye, sin embargo, su apropiación legítima, y el derecho a la PROPIEDAD PRIVADA, como un derecho natural. La PROPIEDAD PRIVADA garantiza la libertad y la dignidad de la persona humana, y la posibilidad de que cada uno atienda a sus propias necesidades y a las necesidades de las personas que están a su cargo.

Pero el derecho de propiedad no es absoluto; todo lo contrario, los bienes deben ser compartidos por sus “dueños”, con quienes los necesitan. El Concilio nos dice: “El hombre, al servirse de los bienes del mundo, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que han de aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” (Gaudium et Spes N. 69).

Las autoridades tienen el derecho y el deber de regular el derecho de propiedad, teniendo en cuenta el bien común.

RESPETO A LOS BIENES DEL PRÓJIMO

El séptimo y el décimo mandamientos de la Ley de Dios, se refieren de una manera especial, al respeto de los bienes materiales y sus legítimos dueños.

El séptimo mandamiento prohibe tomar o retener el bien del prójimo injustamente, y perjudicar de cualquier manera al prójimo en sus bienes. Ordena el ejercicio de la justicia y la caridad en el manejo de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo. Y exige el respeto de los bienes y el derecho a la propiedad privada, teniendo siempre en cuenta el bien común.

El décimo mandamiento, por su parte, prohibe la codicia de los bienes ajenos, originada en la “concupiscencia de los ojos”, fruto del primer pecado, y raíz de los robos, los fraudes, y causa de la violencia y la injusticia.

El respeto a los bienes del prójimo, exige la práctica de la virtud de la TEMPLANZA, para moderar el deseo de los bienes de este mundo; de la JUSTICIA, para preservar los derechos del prójimo y darle a cada uno lo que es debido; y de la SOLIDARIDAD, para seguir el ejemplo y las enseñanzas de Jesús, sobre el servir y el compartir.

EXIGENCIAS Y PROHIBICIONES DEL SÉPTIMO MANDAMIENTO

El séptimo mandamiento prohibe el ROBO, que es la usurpación del bien ajeno, contra la voluntad de su dueño. No hay robo, cuando usar los bienes ajenos es el único medio que se tiene para satisfacer las necesidades inmediatas y esenciales como alimento, vestido, vivienda.

También prohibe este mandamiento, retener deliberadamente los bienes prestados y los objetos perdidos; engañar en el ejercicio del comercio, subir los precios especulando con la ignorancia o la necesidad del otro, pagar salarios injustos, ejercer presión mediante el soborno a quienes tienen la facultad de juzgar, apropiarse de los bienes de una empresa, hacer trabajos mal, no pagar impuestos, falsificar cheques y facturas, gastar excesivamente, dañar la propiedad privada o pública, y esclavizar seres humanos y menospreciar su dignidad personal vendiéndolos, comprándolos y cambiándolos como mercancía.

Aunque los juegos de azar y las apuestas no son en sí mismos contrarios a la justicia, son moralmente inaceptables cuando llevan a las personas a apostar lo que les es necesario a ellas o a sus familias. También es inaceptable hacer trampas en los juegos o apostar más de lo debido.

El séptimo mandamiento exige el cumplimiento de las promesas y los contratos en la medida en que sean justos, el pago de las deudas, el respeto a la propiedad, el cumplimiento de las obligaciones contraídas libremente, y la reparación de las injusticias cometidas y la restitución de los bienes robados.

Igualmente, el séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación, y el uso razonable y adecuado de los recursos naturales, minerales, vegetales y animales. El dominio que Dios dio al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos, no es un dominio absoluto, sino que debe estar regulado por la calidad de vida del prójimo, incluyendo las generaciones futuras.

EXIGENCIAS Y PROHIBICIONES DEL DÉCIMO MANDAMIENTO

El décimo mandamiento, por su parte, prohibe la CODICIA que es el deseo inmoderado de bienes y riquezas, la AVARICIA que es la acumulación de bienes materiales, y el deseo de cometer una injusticia contra el prójimo y sus bienes. Y exige que se destierre del corazón humano la ENVIDIA que es la tristeza por el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseer lo que el prójimo tiene, aunque sea en forma indebida; la envidia nos lleva a hacer las peores fechorías.

La envidia es un rechazo a la caridad, procede generalmente del orgullo, y da lugar al odio, la maledicencia y la calumnia. Es un pecado capital.

LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Consciente de su misión en el mundo, la Iglesia ha reflexionado profundamente sobre el hombre, la sociedad y el uso de los bienes materiales, iluminando su reflexión con el Mensaje evangélico. Así ha dado lugar a la Doctrina Social de la Iglesia.

La Doctrina Social de la Iglesia proclama que el hombre es el autor, el centro y el fin de la vida económica y social, y por tanto, las actividades económicas y sociales deben estar orientadas al bien común de los hombres y de los pueblos y regidas por los principios de la justicia social. Los bienes creados por Dios para todos, deben llegar efectivamente a todos, sin distinciones ni discriminaciones de ninguna clase.

La Doctrina Social de la Iglesia afirma, entre otras cosas:

1. El TRABAJO HUMANO es un elemento fundamental de la actividad económica de la sociedad, y por tanto, debe ser tenido en alta consideración y debe ser remunerado adecuadamente, con un SALARIO JUSTO, que permita a las personas satisfacer sus necesidades fundamentales y las de sus familias, en todos los aspectos de la vida: material, social, cultural, y espiritual.

2. El acceso al trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos, sin discriminaciones de ninguna clase.

3. La HUELGA es un derecho de los trabajadores, cuando buscan mejoras justas en sus condiciones de trabajo, pero es moralmente inaceptable cuando genera violencia.

4. El Estado esta obligado a proporcionar a los trabajadores seguridad, y el ejercicio adecuado de sus derechos y libertades, incluyendo el derecho a la propiedad.

5. A los responsables de las empresas les corresponde buscar el bien de las personas que en ellas trabajan, y de quienes utilizan sus servicios, por encima de las ganancias que pueden lograr.

SOLIDARIDAD ENTRE LAS NACIONES

En el plano internacional, es importante destacar la responsabilidad de las naciones ricas con relación a las naciones pobres. Esta responsabilidad de las naciones ricas implica ante todo, la sustitución de los sistemas financieros abusivos, las relaciones comerciales inicuas y la carrera armamentista, por un esfuerzo común que permita orientar los recursos de que se dispone, al desarrollo adecuado de las naciones pobres.

Es un deber de solidaridad, de caridad y de justicia social, que las naciones ricas inviertan buena parte de sus excedentes en el desarrollo de las naciones pobres, sin exigir por ello compensaciones de ninguna clase. Igualmente, es importante la ayuda directa de las naciones ricas, en casos especiales, como desastres naturales, epidemias, catástrofes y situaciones de guerra, sin que ello implique sometimiento de las naciones pobres a sus intereses particulares.

EL AMOR Y EL SERVICIO A LOS POBRES

Un aspecto importante del séptimo y décimo mandamientos, es el amor y el servicio a los pobres, en quienes debemos ver el rostro sufriente de Jesús, que se identificó con ellos. El mismo lo dijo: “Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber, era forastero y me acogieron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a verme… En verdad les digo, que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicieron” (Mateo 25, 34-36.40).

El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado a las riquezas y con su uso egoísta. San Juan Crisóstomo afirma: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes, es robarles y quitarles la vida. Lo que poseemos no son bienes nuestros sino suyos” (San Juan Crisóstomo citado por el Catecismo de la Iglesia Católica N. 2446).

Las OBRAS DE MISERICORDIA CORPORALES: dar de comer al que tiene hambre, dar de beber al que tiene sed, vestir al que está desnudo, dar techo al que no lo tiene, visitar a los enfermos y a los presos, y enterrar a los muertos; y las OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES: enseñar al que no sabe, dar consejos al que los necesita, consolar a los tristes, confortar al que sufre, corregir al que se equivoca, perdonar las ofensas recibidas, sufrir con paciencia las flaquezas del prójimo, son formas especiales de amar y servir a los pobres.

LA POBREZA DEL CORAZÓN

Jesús proclamó en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mateo 5, 3). Esta “pobreza en el espíritu” es el desprendimiento de los bienes materiales, indispensable si se quiere entrar al Reino de Dios. El Concilio nos dice: “Todos los cristianos… han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto” (Lumen Gentium N. 42).

La “pobreza en el espíritu” nos permite mirar más allá de nosotros mismos y de nuestros bienes terrenales, y dirigir nuestro pensamiento y nuestra acción a la búsqueda continua de Dios, que es nuestra verdadera felicidad.

 

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