ESTA ES NUESTRA FE

Un lugar para conocer las verdades fundamentales de la fe católica

EL PADRENUESTRO

 

EL PADRE NUESTRO,

MODELO DE TODA ORACIÓN

“Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre…” (Mateo 6, 9-13)

El Evangelio nos cuenta que un día estaba Jesús en oración, y “cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: ‘Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos’. Jesús les dijo: ‘Cuando oren, digan:Así nos enseñó Jesús el Padrenuestro, llamado también Oración del Señor u Oración Dominical (Dómine significa Señor), considerado por la Iglesia como el modelo de toda oración, y resumen del Evangelio.

Hay dos versiones del Padrenuestro. La primera nos la transmite San Mateo, y consta de una invocación y siete peticiones, y la segunda nos la transmite San Lucas y consta de una invocación y cinco peticiones. La tradición de la Iglesia ha conservado el texto de San Mateo.

Santo Tomás de Aquino dice sobre el Padrenuestro: “La Oración dominical es la más perfecta de las Oraciones. En ella no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad” (Santo Tomás de Aquino, citado por el Catecismo de la Iglesia Católica N. 2763).

El Padrenuestro es la oración por excelencia de la Iglesia, y como tal forma parte integrante de la Liturgia de las Horas, y de los Sacramentos de Iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

PADRE NUESTRO QUE ESTAS EN LOS CIELOS 

Jesús nos reveló que Dios es Padre y que nosotros, todos los hombres y mujeres del mundo, de todas las épocas y de todos los lugares, somos sus hijos. “Y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce bien nadie, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mateo 11, 27).

Cuando llamamos a Dios Padre, nos unimos íntimamente a Jesús, su Hijo, que se hizo nuestro hermano y al Espíritu Santo que ilumina nuestro corazón con su luz y nos permite conocer la grandeza de la paternidad de Dios que nos ama más que nadie.

Pero Dios no es sólo “Padre mío”, “Mi Padre”, sino también y muy particularmente, “Padre Nuestro”, “Padre de todos”, de los blancos, los negros y los amarillos, Padre de los ricos y los pobres, Padre de los hombres y de las mujeres, Padre de los niños, de los jóvenes, los adultos y los ancianos, Padre de los sabios y de los ignorantes, Padre de los inteligentes y de los tontos, Padre de los que lo conocen y creen en El, y Padre también de los no creyentes.

Dios es Padre y Madre de todos, sin distinciones de ninguna clase; un Padre amoroso, tierno, cariñoso, que quiere siempre el bien de sus hijos y que no escatima esfuerzo alguno para darnos la verdadera felicidad; un Padre fiel, compasivo, misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; un Padre como no hay otro.

Dios Padre, nuestro Padre, “vive en el cielo”, “más allá de todo”, “por encima de todo”, un misterio para nuestra mente pero una certeza para nuestro corazón. Es Santo, y su santidad lo eleva por encima de la tierra, pero le permite habitar en el corazón del hombre justo y recto.

Ser hijos de Dios y llamarlo “Padre nuestro que estás en los cielos” es para nosotros un compromiso permanente, un compromiso de vida que nos exige estar siempre en actitud de conversión, dispuestos a luchar contra el mal con todas nuestras fuerzas, y a obrar el bien.

Ser hijos de Dios y llamarlo “Padre nuestro que estás en los cielos”, debe hacer crecer en nosotros el deseo profundo y firme de asemejarnos a El, y fortalecer nuestro corazón humilde y confiado, haciéndonos como niños: “Si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mateo 18, 3).

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE 

Dios es Santo, el Santo de los santos, y así lo reconocemos sus hijos, que hemos sido llamados por El a la santidad: “Sean santos, porque yo, Yahvé, su Dios, soy Santo” (Levítico 19, 2). La santidad de Dios es su misterio eterno, lo que de El se manifiesta en la creación y en la historia, su Gloria, su Majestad: “Santo, Santo, Santo, Yahvé Sebaot; llena está toda la tierra de tu gloria” (Isaías 6, 3).

“Santificado sea tu Nombre”… Por el Bautismo hemos sido santificados en el Nombre de Jesús y en el Espíritu Santo, y somos llamados a santificar en nosotros y por nosotros el Nombre de Dios, su Persona, en todo el mundo, es decir, a darlo a conocer, a manifestarlo, a hacerlo presente en medio de los hombres, por nuestra vida, por nuestras obras. San Pedro Crisólogo nos dice sobre esto: “Pedimos a Dios santificar su nombre porque El salva y santifica a toda la creación por medio de su santidad…Se trata del Nombre que da la salvación al mundo perdido, pero nosotros pedimos que este Nombre de Dios sea santificado en nosotros por nuestra vida. Porque si nosotros vivimos bien, el Nombre divino es bendecido; pero si vivimos mal es blasfemado, según las palabras del apóstol: ‘el Nombre de Dios por vuestra causa es blasfemado entre las naciones’ (Romanos 2, 24). Por tanto, rogamos para merecer tener en nuestras almas tanta santidad como santo es el Nombre de nuestro Dios” (San Pedro Crisólogo, citado por el Catecismo de la Iglesia Católica N. 2814).

VENGA A NOSOTROS TU REINO 

Cuando Jesús empezó a predicar, decía: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Marcos 1, 15).El Reino de Dios es la presencia y la acción de Dios en el mundo, su “soberanía”, la manifestación plena de su gloria, de su poder de Dios, su victoria definitiva contra el mal y el pecado: “El Reino de Dios es justicia y paz, y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14, 17).

Con Jesús llegó al mundo el Reino de Dios, prometido y anunciado por los Profetas, y con su Muerte y su Resurrección se consumó la primera gran etapa de la Historia de la Salvación; el Reino de Dios está entre nosotros, vive entre nosotros, pero aún no ha alcanzado su plenitud. El Reino de Dios llegará a su plenitud y culminación, al final de los tiempos, cuando Jesús regrese y entregue a su Padre el Universo entero, libre del mal y del pecado.

Cuando rezamos el Padrenuestro pedimos a Dios Padre, Dueño y Señor del mundo y de la historia, que Jesús vuelva pronto: “Marana Tha; ¡Ven Señor Jesús!” y anunciamos la venida gloriosa del Reino de Dios.

HÁGASE TU VOLUNTAD ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO 

Jesús buscaba siempre y en todo, hacer la Voluntad de Dios, por eso decía a los apóstoles: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado, y llevar a cabo su obra” (Juan 4, 34); “Yo hago siempre lo que le agrada a El” (Juan 8, 29), y en Getsemaní, muy próximo ya a su pasión, en medio del sufrimiento, oraba sumido en la agonía: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa, pero; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lucas 22, 42).

Pero, ¿cuál es la Voluntad de Dios? El apóstol San Pablo nos dice en su Primera Carta a Timoteo: la Voluntad de Dios es “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Timoteo 2, 3-4). Todo en Dios, todo lo que Dios hace, confluye en esto: la salvación de los hombres, de todos los hombres, de la humanidad entera, y no importa el costo, está dispuesto a todo con tal de conseguirlo, por eso no escatima esfuerzo alguno, y envía al mundo a su Hijo Jesús, como Salvador.

Con su vida y con su palabra, Jesús hace presente en el mundo, la Voluntad de Dios y trabaja incansablemente para que esa Voluntad se haga realidad, para que la Salvación llegue a todos los rincones de la tierra; es por eso que nos comunica su mayor deseo, un deseo que puesto por obra, llena al mundo de Dios; ese deseo de Jesús es que todos los hombres vivamos el Mandamiento Nuevo del Amor: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado así se amen también ustedes los unos a los otros” (Juan 13, 34).

Buscar en todo la Voluntad de Dios para con nosotros y para el mundo, y vivir el Mandamiento del Amor, unidos a Jesús y con la fuerza que nos comunica el Espíritu Santo, en las diversas situaciones y circunstancias de nuestra vida, es nuestro compromiso de cristianos, hijos de Dios, nuestra tarea, nuestra misión. De esta manera, Dios Padre es honrado, bendecido y alabado y su Plan de Salvación se hace realidad presente y actuante en el mundo.

DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA 

Decir a Dios Padre “Danos”, es reconocer su bondad y su amor para con nosotros, sus hijos, y solidarizarnos con los hombres y mujeres de todo el mundo, sus necesidades y sus sufrimientos. Es reconocer la Providencia de Dios, que “Hace salir el sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mateo 5, 45).

“Nuestro pan de cada día”, es decir, el alimento necesario para la vida y los bienes materiales y espirituales convenientes. Dios Padre providente, sabe darnos lo que necesitamos en el momento en que lo necesitamos: “No anden, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe su padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura. Así que no se preocupen del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio afán” (Mateo 6,31-34).

Pedir a Dios el pan de cada día nos exige solidarizarnos con los millones de seres humanos que sufren toda clase de necesidades, por la injusticia de quienes se apropian de los bienes del mundo. Es sentir como propia la carencia de alimento, vestido, vivienda, educación, salud, trabajo, de millones de personas en el mundo, víctimas silenciosas de la injusta repartición de las riquezas.

Pero además del “pan físico”, pedimos también a Dios, el “pan espiritual”, el “pan” de su Palabra y el “pan” de su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía. Si este “pan” no podemos vivir, crecer y desarrollarnos como cristianos, porque “No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios” (Deuteronomio 8, 3; Mateo 4, 4).

Nuestra tarea como hijos de Dios incluye como algo fundamental, el anuncio de la Buena Noticia de la Salvación, por todos los rincones de la tierra, que sufre hambre no sólo de pan y de agua, sino también y muy especialmente, hambre y sed de la Palabra de Dios y de la Eucaristía: “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí, nunca tendrá sed” (Juan 6, 35).

PERDÓNANOS NUESTRAS OFENSAS COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN 

El Evangelio de San Mateo añade a la oración del Padrenuestro, dos versículos aclaratorios bien importantes: “Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, les perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas” (Mateo 6, 14-15).

Dios es infinitamente misericordioso y está siempre dispuesto a perdonar nuestras faltas y pecados, si estamos arrepentidos de ellos, de hecho, ya nuestros pecados han sido perdonados por el Sacrificio salvador de Jesús en la cruz, pero exige de nosotros también el perdón para quienes nos ofenden; Dios es misericordioso y quiere que nosotros también lo seamos, que perdonemos, que olvidemos las faltas que cometen contra nosotros, así como El perdona y olvida las faltas que nosotros cometemos contra El: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso” (Lucas 6, 36); “Misericordia quiero y no sacrificios” (Oseas 6, 6); “Pues habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó misericordia: la misericordia triunfa sobre el juicio”(Santiago 2, 13).

Ser cristianos de verdad, seguidores de Jesús, implica no sólo haber recibido el Bautismo, sino también y muy particularmente, hacer realidad en nuestra vida el Mandamiento del Amor, que incluye el Amor a Dios sobre todas las cosas, el Amor a los demás como nos amamos a nosotros mismos, y el Amor a los enemigos, compartiendo así “los mismos sentimientos de Jesús” (Filipenses 2, 5); como dice el apóstol San Pablo en su Carta a los Efesios: “Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre ustedes. Sean más bien buenos entre ustedes, entrañables, perdonándose mutuamente como los perdonó Dios en Cristo” (Efesios 5, 31-32).

El perdón no tiene límite ni medida, hay que perdonar siempre y hay que perdonarlo todo, como Dios nos perdona. No hay excusa válida para no perdonar.

NO NOS DEJES CAER EN TENTACIÓN 

En esta petición solicitamos a Dios Padre, su protección y su ayuda permanentes, para no caer en el pecado que daña nuestras relaciones con El. Como cristianos, seguidores de Jesús, estamos empeñados en la lucha entre “la carne y el Espíritu”, y queremos salir vencedores como Jesús salió vencedor del sepulcro.

Podemos ser tentados, y lo somos, pero no debemos “consentir”, porque el pecado no está en la tentación sino en el consentimiento a la tentación. El apóstol Santiago nos dice al respecto: “Cada uno es probado por su propia concupiscencia que lo arrastra y lo seduce. Después, la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte” (Santiago 1, 14-15).

Ayudados por el Espíritu Santo, podemos vencer la tentación que nos acecha de múltiples formas y bajo mil disfraces. Como dice San Pablo: “Si viven según el Espíritu, no darán satisfacción a las obras de la carne… Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales los prevengo, como ya los previne… En cambio, los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad mansedumbre, dominio de sí…” (Gálatas 5, 16.19-23).

La oración juega un papel fundamental en esta lucha de “la carne y del Espíritu”, para que el Espíritu salga victorioso; el ejemplo lo tenemos en Jesús, vencedor del Tentador desde el principio de su Vida Pública, y también en el combate final de su agonía en Getsemaní (cf. Mateo 4 1, 11; Mateo 26, 36-44); El mismo lo dijo a sus apóstoles: “Velen y oren para que no caigan en tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Marcos 14, 38). Esta vigilancia nuestra debe prolongarse a lo largo de nuestra vida, hasta el final de nuestro combate en la tierra, del cual no sabemos “ni el día ni la hora” (cf. Mateo 25, 13).

Y LÍBRANOS DEL MAL 

Esta última petición del Padrenuestro, está contenida en la Oración Sacerdotal de Jesús, que nos transmite el Evangelio de San Juan: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno” (Juan 17, 15). El Maligno es Satanás, el Diablo “Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira” (Juan 8, 44), que se “atraviesa” en el camino de los que buscan a Dios.

Pedimos a Dios que nos libre del Maligno, a nosotros, a cada uno y a todos, a la Iglesia entera, en la “comunión de los santos”; pedimos también, que nos libre de todos los males causados por él en el mundo: la injusticia, la violencia, el odio, los rencores, los asesinatos, las envidias, la soberbia, los secuestros, los maltratos, las divisiones, las faltas contra la dignidad y el honor de las personas, etc., etc.. E imploramos de Dios, el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante de la Segunda Venida de Jesús, al final de los tiempos, como dice la oración que concluye el Padrenuestro en la celebración de la Eucaristía: “Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo” (Misal Romano, Ordinario de la Misa).

El “AMEN” que añadimos al final, y que significa “Así es”, refrenda todo lo dicho en el Padrenuestro, y es nuestro “fíat” a las siete peticiones formuladas.

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