ESTA ES NUESTRA FE

Un lugar para conocer las verdades fundamentales de la fe católica

EL MISTERIO PASCUAL DE JESÚS

 “Les transmití lo que a mi vez recibí: que Jesucristo murió por nuestros pecados,

según las Escrituras, que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras”  

(1 Corintios 15, 3-4)

La muerte de Jesús para salvarnos, y su resurrección de entre los muertos, son el centro del mensaje que los apóstoles anunciaron en los primeros tiempos de la Iglesia, y que la Iglesia sigue proclamando hoy, por todos los rincones de la tierra.

LOS ENEMIGOS DE JESÚS

Desde que Jesús inició su vida pública, los fariseos, los partidarios de Herodes, los sacerdotes y los escribas, “se confabularon contra El para ver cómo eliminarlo” (Marcos 3, 6).

Los motivos que ellos esgrimían para perseguir a Jesús, eran muy diversos. Unas veces señalaban sus milagros, particularmente las expulsiones de demonios; otras, las curaciones en sábado, que era el día de reposo, según lo señalaba la Ley de Moisés; y otras, el perdón de los pecados que correspondía sólo a Dios; su familiaridad con publicanos y pecadores públicos, excluidos por ellos del círculo de quienes iban a salvarse; y su interpretación de la pureza de la Ley.

Con su modo de proceder, Jesús parecía estar en contra de las instituciones esenciales del pueblo de Israel; era visto por sus enemigos como un blasfemo y un falso profeta, crímenes religiosos que la Ley castigaba con la pena de muerte a pedradas.

San Juan nos refiere lo que sucedió en una ocasión: “Los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: ‘Muchas obras buenas que vienen del Padre les he mostrado. ¿Por cuál de esas obras quieren apedrearme? Los judíos le respondieron: No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia, y porque Tú, siendo hombre, te haces a Ti mismo Dios’” (Juan 10, 31-33). Esta supuesta blasfemia de Jesús, según el parecer de los judíos, fue lo que finalmente, lo llevó a la muerte.

EL PROCESO CONTRA JESÚS

Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en su conducta respecto a Jesús. El fariseo Nicodemo y el notable José de Arimatea, eran discípulos de Jesús en secreto, y durante mucho tiempo hubo discusión a propósito de El. “Algunos fariseos decían: ’Este hombre no viene de Dios porque no guarda el sábado. Otros decían: Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?. Y había discusión entre ellos” (Juan 9, 16).

Frente a esta situación, los fariseos y los Sumos Sacerdotes, temerosos de lo que pudiera pasar, convocaron un consejo. Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año, les propuso: “Les conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación… Desde ese día decidieron darle muerte. Por eso, Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana del desierto, a una ciudad llamada Efraín, y allí residía con sus discípulos” (Juan 11, 50. 54).

Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era de los Doce; y se fue a tratar con los Sumos Sacerdotes y los jefes de la guardia, del modo de entregárselos. Ellos se alegraron y quedaron con él en darle dinero. El aceptó y andaba buscando una oportunidad para entregarlo, sin que la gente lo advirtiera” (Lucas 22, 3-6).

Cuando Jesús fue hecho prisionero, lo llevaron ante el Sanedrín, el Consejo de los ancianos. “El Sumo Sacerdote le dijo: ‘Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Y Jesús le respondió: Sí, tú lo has dicho. Y Yo les declaro que a partir de ahora verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Padre y venir sobre las nubes del cielo. Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ellos respondieron diciendo: Es reo de muerte’” (Mateo 26, 63.66).

Como el Sanedrín no tenía poder para condenar a muerte a nadie, llevaron a Jesús ante Pilato, el gobernador romano, acusándolo de revoltoso y enemigo de los romanos. Después de juzgarlo y tratar de defenderlo, Pilato, presionado por los Sumos Sacerdotes, se los entregó para que lo crucificaran. La crucifixión era la pena que la ley romana reservaba para los esclavos.

CRUCIFIXIÓN Y MUERTE DE JESÚS

Tomaron, pues, a Jesús, y El, cargando con la cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota; y allí lo crucificaron y con El a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio” (Juan 19, 16-18).

Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del santuario se rasgó por medio, y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: ‘Padre, en tus manos pongo mi espíritu’. Y dicho esto, expiró” (Lucas 23, 44-46).

Al atardecer vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en un sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca; luego hizo rodar una piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue” (Mateo 27, 57-60).

LA MUERTE DE JESÚS Y EL DESIGNIO DE DIOS

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar o de las circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios. Dios, en su infinita sabiduría, permitió que la ceguera de los judíos frente a Jesús, ayudara a realizar su designio de salvación.

Entregando a Jesús, su Hijo, por nuestra salvación, Dios nos muestra que su designio sobre nosotros es un designio de amor, y de amor gratuito, anterior a todo mérito nuestro. San Juan nos lo dice claramente: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4, 10). Y San Pablo lo confirma: “La prueba de que Dios nos ama es que, Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Romanos 5, 19).

Este amor de Dios, no excluye a nadie. No hubo, ni hay, ni tampoco habrá, hombre alguno, por quien no haya padecido Jesús.

JESÚS SE OFRECIÓ AL PADRE POR NUESTROS PECADOS

Desde el primer instante de su Encarnación, Jesús aceptó el designio de Dios sobre El. Así lo dijo a sus discípulos: “Mi alimento es hacer la Voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Juan 4, 34).

Esta decisión de aceptar y realizar el designio del Padre, anima toda la vida de Jesús, hasta el instante mismo de su muerte. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10, 45). Jesús aceptó libremente su pasión y su muerte, por amor a Dios, su Padre, y por amor a los hombres a quienes el Padre quiere salvar. “Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente” (Juan 10, 18).

En la Ultima Cena con los apóstoles, Jesús expresó, con toda la fuerza que podía hacerlo, su ofrenda libre al Padre, en la institución de la Eucaristía como memorial de su sacrificio. “Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por ustedes” (Lucas 22, 19). “Esta es mi sangre de la alianza que va a ser derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mateo 26, 28).

Finalmente, en la agonía de Getsemaní, Jesús puso su vida en las manos de su Padre y aceptó definitivamente su muerte como salvadora. La muerte de Jesús es el sacrificio que lleva a cabo la salvación definitiva de todos los hombres. Dios Padre nos entrega a su Hijo para reconciliarnos con El. Y Jesús, el Hijo de Dios, se ofrece a su Padre, libremente y por amor, para reparar nuestra desobediencia.

El “amor hasta el extremo” (Juan 13, 1), que Jesús siente por cada uno de nosotros, es el que da a su sacrificio el valor de redención y reparación, de expiación y de satisfacción por nuestros pecados.

SEPULTURA DE JESÚS

Jesús murió realmente y fue sepultado. Este es el Misterio que la Iglesia contempla el Sábado Santo.

La muerte de Jesús fue verdadera muerte, porque puso fin a su existencia humana en la tierra. Con ella Jesús no sólo siguió el destino que nos espera a todos los hombres, sino que también sufrió el abandono radical y la soledad propia de la muerte.

En la muerte de Jesús, la omnipotencia de Dios penetró en la debilidad más extrema del hombre, para sufrir así el vacío de la muerte, y romper sus lazos. La muerte de Jesús significó la muerte de la muerte y la victoria pascual de la vida.

A partir de la muerte de Jesús, nuestra propia muerte adquiere un nuevo sentido. Deja de ser simplemente un destino irrevocable, un castigo por el pecado, para constituirse en un acontecimiento vivificante que nos une al Señor. San Pablo lo dice: “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos” (Romanos 14, 8). Y el libro del Apocalipsis va más allá: Con Jesús la muerte deja de ser angustiosa y llega a ser objeto de bienaventuranza: “Bienaventurados los que mueren en el Señor. Descansen ya de sus fatigas” (Apocalipsis 14, 13).

LOS INFIERNOS: EL REINO DE LA MUERTE

Para los judíos y para los griegos antiguos, morir era bajar al “sheol”, al “hades”, al mundo subterránea, al “reino de la muerte”. Esto es, precisamente, lo que significa la palabra “infiernos”, distinta a “infierno” que se entiende como el lugar de castigo de los condenados.

Los “infiernos” eran un lugar totalmente distinto del mundo, donde todo estaba muerto. Allí los muertos permanecían separados de Dios, apartados de su presencia.

En nuestro modo actual de entender las cosas, cuando decimos que “Jesús descendió a los infiernos”, estamos afirmando, en primer lugar, que Jesús estuvo realmente muerto, excluido del mundo de la vida. Pero hay otro aspecto también muy importante: en su “descenso a los infiernos”, en su muerte, Jesús se “juntó a la masa de los muertos”. En este sentido, la fe nos dice que Jesús comunicó la salvación a todos los justos que lo habían antecedido en la muerte.

En su obediencia absoluta al Padre, Jesús fue solidario con todos los hombres. Esta solidaridad de Jesús con el destino de la humanidad, manifiesta la universalidad de la salvación. Por la muerte de Jesús quedan también redimidas las generaciones que murieron en tiempos anteriores. Su muerte salvífica penetra y transforma todos los sufrimientos y sacrificios de la historia.

El descenso de Jesús a los “infiernos”, al reino de la muerte y de los muertos, es la última fase de su misión de Mesías Salvador, el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. La muerte de Jesús es una muerte salvadora. Con ella, Jesús logra liberar a los hombres de un alejamiento definitivo de Dios, de una muerte permanente.

En su muerte, Jesús vence a la misma muerte y al pecado, y abre para todos los hombres, nuevamente, el camino del cielo. Nos devuelve la esperanza en la vida eterna y en la visión permanente de Dios. Se vislumbra ya aquí, la alegría de la Pascua, la gloria de la resurrección.

LA RESURRECCIÓN

Jesús había unido de tal modo su mensaje – la venida del Reino de Dios – a su persona, que el cumplimiento de este mensaje parecía sencillamente imposible después de su muerte. Sin embargo, poco tiempo después, el Evangelio de Jesucristo comenzó a propagarse por todo el mundo conocido, con un dinamismo verdaderamente inimaginable. El secreto de esta propagación fue, precisamente, la resurrección.

Mediante la resurrección, Dios mismo confirmó el mensaje y la misión de Jesús como el Mesías prometido. La resurrección de Jesús es la verdad culminante, el corazón mismo de nuestra fe en Dios. Así lo entendieron los apóstoles que iniciaron su predicación anunciándola por todas partes como un acontecimiento excepcional, y así lo entiende la Iglesia de hoy.

Con la resurrección se sella el cumplimiento de la promesa de salvación. San Pablo lo afirma en su predicación a los judíos: “Les anuncio la Buena Nueva de que la promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hechos de los Apóstoles 13, 32-33).

Este Misterio de la resurrección de Jesús, tuvo manifestaciones especiales con las apariciones de Jesús resucitado a los apóstoles y a algunos de sus amigos más cercanos, que nos narran los Evangelios.

EL SEPULCRO VACÍO

El primer dato que se encuentra en el marco de los acontecimientos de la Pascua, es el sepulcro vacío, que aunque no es una prueba directa de la resurrección de Jesús, ha llegado a ser un signo claro de ella.

Las primeras en encontrar el sepulcro vacío, fueron las mujeres que en la mañana del domingo se acercaron a la tumba para ungir el cuerpo de Jesús, como se acostumbraba hacerlo antes de la sepultura. No lo habían hecho, por la prisa con que Jesús había sido sepultado.

Después, avisado por las mujeres, Pedro corrió al sepulcro y “sólo vio las vendas y se volvió a su casa asombrado por lo sucedido” (Lucas 24, 12).

Finalmente, Juan, que había ido con Pedro, entró en la tumba, y él mismo dice en su Evangelio que “vio y creyó” (Juan 20, 8).

LAS APARICIONES DEL RESUCITADO

Una prueba directa y clara de la resurrección de Jesús, son sus apariciones a sus apóstoles y discípulos. Los cuatro Evangelios nos presentan algunas de ellas, y, aunque no son unánimes en los detalles, su variedad es, precisamente, manifestación de la antigüedad de los testimonios y de su realidad histórica.

El Evangelio de San Juan afirma que Jesús se apareció primero a María Magdalena que estaba llorando en los jardines aledaños a la tumba, porque había encontrado el “sepulcro vacío”, y la envió como mensajera para anunciar a los apóstoles su resurrección. “Vete donde mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Juan 20, 17).

El Evangelio de San Mateo habla de la aparición de Jesús resucitado a las mujeres que habían ido al sepulcro para embalsamar el cuerpo del Señor, entre quienes indudablemente se encontraba María Magdalena. También en este relato Jesús envía a las mujeres para anunciar el acontecimiento a los apóstoles. “No teman. Vayan y avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mateo 28, 10).

Después, según otros relatos, Jesús se apareció a dos discípulos en el camino de Emaús, y a Pedro y los demás apóstoles, en diferentes lugares y circunstancias. San Pablo, por su parte, habla de una aparición a él mismo, en el camino de Damasco.

En todas estas apariciones Jesús se manifestó a sus interlocutores de tal manera que ellos no pudieran dudar de su realidad: les hablaba, los invitaba a tocarlo, y comía con ellos. San Lucas nos refiere que en una ocasión, “estando los apóstoles reunidos, Jesús se presentó en medio de ellos, y les dijo: ‘La paz sea con ustedes. Sobresaltados y asustados creían ver un espíritu, pero El les dijo: ¿Por qué se turban y por qué se suscitan dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne ni huesos como ven que yo tengo. Y diciendo esto les mostró las manos y los pies. Como ellos no acababan de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados, les dijo: ¿Tienen algo de comer? Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió con ellos” (Lucas 24, 36-46).

Todas las apariciones de Jesús resucitado a los apóstoles, son encuentros personales y hechos de revelación, por los cuales Jesús se comunica con sus discípulos. Estas apariciones, sin embargo, no son experiencias puramente privadas, sino que se dan en comunión con la misión que tienen los apóstoles de ser testigos del Evangelio. Los apóstoles quedan constituidos en fundamento de la fe de la Iglesia y en autoridades competentes para la Iglesia de todos los tiempos.

ESTADO DE LA HUMANIDAD RESUCITADA DE JESÚS

¿Cómo sucedió el hecho mismo de la resurrección? Nadie lo sabe. Ninguna persona estuvo presente y los Evangelios no nos dicen nada sobre este momento. Sus relatos se concentran en las manifestaciones del acontecimiento: el sepulcro vacío y los testimonios de las apariciones de Jesús resucitado, que ya vimos.

Sin embargo, hay un hecho cierto: la resurrección de Jesús no fue, simplemente, un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que El mismo había realizado antes de la Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím y Lázaro. Estas resurrecciones eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvieron a tener una vida terrena ordinaria, y finalmente murieron. La resurrección de Jesús fue esencialmente diferente.

Jesús resucitó glorioso, para nunca más morir. En su cuerpo resucitado, Jesús pasó de la muerte a otro estado de vida más allá del tiempo y del espacio, una vida eterna, la verdadera vida. Su cuerpo natural, frágil, se transformó en un cuerpo espiritual incorruptible (cf. 1 Corintios 15, 44)

El cuerpo de Jesús, resucitado y glorioso, es un cuerpo auténtico y real, espiritualizado y transfigurado por la gloria de Dios. Este cuerpo no está situado ni en el espacio ni en el tiempo, pero Jesús puede hacerse presente cuando quiere y donde quiere, porque su humanidad ya no está sometida a las leyes que rigen el mundo físico. San Juan nos da testimonio de esto, en su Evangelio: “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos” (Juan 20, 19).

SENTIDO Y ALCANCE SALVÍFICO DE LA RESURRECCIÓN

San Pedro en su primera predicación a los judíos después de Pentecostés, anunció la resurrección de Jesús como una acción misteriosa de Dios sobre su Hijo muerto en la cruz.

La resurrección significa que Jesús de Nazaret fue exaltado con su cuerpo a la gloria de Dios, mediante una especialísima intervención divina, y que ahora vive en Dios. El Misterio de la resurrección está estrechamente unido al Misterio de la Encarnación. Es su plenitud, según el designio de Dios.

Por otra parte, cuando el Nuevo Testamento afirma que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, quiere darnos a entender que ya ha comenzado el final de los tiempos. La muerte de Jesús no fue un final absurdo, sino el comienzo de la vida definitiva, de la verdadera vida.

La resurrección de Jesús es el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, y de las promesas del mismo Jesús en su vida terrena. Así lo dijeron los ángeles a las mujeres que fueron a la tumba al amanecer del domingo: “Recuerden cómo les habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: es necesario que el Hijo del hombre sea crucificado, y al tercer día resucite” (Lucas 24, 6-7). Y es también la confirmación de todo lo que Jesús hizo y enseñó. Con su resurrección, Jesús dio la prueba más clara de su autoridad y de su divinidad. Así lo había anunciado: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo soy” (Juan 8, 28).

Por su muerte, Jesús nos libera del pecado, y por su resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. La resurrección de Jesús es garantía de nuestra propia resurrección. Esta esperanza no sólo afecta nuestro espíritu, sino que abarca también nuestro cuerpo y el cosmos entero; es esperanza de una transformación de todo, que da paso a una nueva creación.

Ahora, mientras permanecemos en el mundo, Jesús resucitado vive en el corazón de cada uno de nosotros, y con su gracia y su protección, orientamos nuestra vida hacia el encuentro definitivo con El, el día de nuestra propia resurrección.

JESÚS SUBIÓ A LOS CIELOS

Después de su resurrección, Jesús volvió a la gloria del Padre, de donde había salido para encarnarse. Este regreso de Jesús a la gloria de Dios es lo que se quiere dar a entender con la expresión “subió a los cielos”.

Jesús resucitado y glorioso entró en el Misterio de Dios que está más allá del espacio y del tiempo, e inauguró un nuevo modo de vida. Jesús abrió para todos nosotros el acceso a la “Casa del Padre”.

Como cabeza de la Iglesia, Jesús nos precede en el Reino glorioso del Padre, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con El, por toda la eternidad. Así lo anunció cuando todavía estaba en el mundo: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones, si no, se los hubiera dicho; porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los tomaré conmigo, para que donde Yo esté, estén también ustedes” (Juan 14, 2-3).

RESURRECCIÓN Y ASCENSIÓN AL CIELO

La resurrección de Jesús y su ascensión al cielo, son dos aspectos de un mismo misterio: el Misterio de Jesús muerto en la cruz y glorificado por Dios Padre. Sin embargo, los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas), y los Hechos de los Apóstoles, separan estos dos aspectos del Misterio Pascual de Jesús, como si fueran dos acontecimientos diferentes, con una finalidad pedagógica; entre uno y otro hablan de las apariciones de Jesús resucitado. El libro de los Hechos incluso, señala un intervalo de cuarenta días entre la resurrección y la ascensión.

¿Qué quisieron enseñarnos los Evangelios con la separación de estos dos sucesos? Desde el momento mismo de su resurrección, Jesús entró en la gloria del Padre, y desde allí se hacía tangible y visible a los apóstoles y discípulos. La ascensión marca, simplemente, el momento en el cual cesaron las apariciones del resucitado y los coloquios familiares de Jesús con sus amigos.

Los cuarenta días que menciona San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, son un elemento simbólico. El número cuarenta designa en la Sagrada Escritura, un tiempo especialmente sagrado, y en nuestro caso es el tiempo en el cual el Señor glorificado se apareció corporalmente a sus discípulos.

La nube que cubrió a Jesús y lo ocultó a los ojos de sus discípulos, es símbolo de la presencia de Dios, en cuya gloria penetra Jesús. Los términos “subir” y “ascender”, son términos simbólicos que hacen relación a la bóveda celeste que con su luz, su inmensidad y su libertad, simbolizan maravillosamente la morada de Dios y su realidad.

La ascensión señala el comienzo del tiempo de la Iglesia, en el cual Jesús, después de haber vuelto al Padre, permanece con los suyos de un modo nuevo, los envía el Espíritu Santo, y por medio de El les comunica la fuerza que necesitan para continuar su obra en el mundo. Todavía hoy resuenan las palabras de Jesús en su despedida: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20b)

A LA DERECHA DE DIOS PADRE

El mensaje de la exaltación de Jesús “a la derecha de Dios”, lo encontramos en el discurso de San Pedro el día de Pentecostés. “A este Jesús, Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la derecha de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, y ha derramado lo que ustedes ven y oyen” (Hechos de los Apóstoles 2, 32-33).

Lo que se quiere decir con esta expresión “a la derecha de Dios Padre”, es que Jesús participa de la gloria, de la majestad, del poder y de la divinidad de Dios su Padre. Es “Nuestro Señor”.

Sentarse a la derecha del Padre” significa la inauguración del Reino del Mesías, con el cual se cumple la visión del Profeta Daniel, respecto al Hijo del hombre. “A El se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Daniel 7, 14).

En el cielo, “a la derecha del Padre”, oculto a los hombres en espera de su manifestación última en el momento de la resurrección universal, Jesucristo, Rey y Señor del universo, intercede por nosotros sin cesar. Es el mediador que nos asegura la efusión del Espíritu Santo, luz y fuerza en nuestro caminar hacia la Casa del Padre.

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