TERCER MANDAMIENTO

SANTIFICA LAS FIESTAS

“Guardarás el día del sábado para santificarlo, como te lo ha mandado el Señor tu
Dios. Seis días trabajarás y harás todas tus tareas, pero el día séptimo es día de
descanso para el Señor tu Dios” (Deuteronomio 5, 12-14).
 

“El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De
suerte que el Hijo del hombre también es Señor del sábado” (Marcos 2, 27-28).
   

Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente exige dedicarle un tiempo especial, hacer una pausa en la rutina diaria y celebrar unidos a los demás creyentes nuestra fe en El, y algo muy importante, alabarlo con nuestro descanso que nos permite disfrutar con la familia y los amigos de todo lo que nos ha dado, y nos fortalece y reanima para seguir adelante. Esto es lo que nos pide el tercer mandamiento.

EL DESCANSO DEL SÁBADO, DÍA DEL SEÑOR

Todos los días son del Señor, pero el sábado, el último día de la semana, lo era para los israelitas de un modo especial, por eso lo dedicaban al descanso en memoria del “séptimo día”, en el cual Dios descansó. “Concluyéronse, pues, los cielos y la tierra y todo su aparato, y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había hecho” (Génesis 2, 1-3).

Con el paso del tiempo, otros acontecimientos se unieron a esta celebración del sábado, que pasó a ser también memoria de la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto y de su Alianza con Dios. “Guarden el sábado porque es sagrado para ustedes… Seis días trabajarán, pero el día séptimo será día de descanso completo dedicado a Yahvé… Los israelitas guardarán el sábado celebrándolo de generación en generación como alianza perpetua…” (Éxodo 31, 14.16).

Las leyes que se referían al descanso del sábado eran particularmente estrictas y se cumplían al pie de la letra, sin ningún reparo ni excepción. Los Evangelios nos relatan algunos incidentes en los que se acusó a Jesús de quebrantar la ley del sábado, aunque la realidad es que Jesús, con su autoridad, dio la verdadera interpretación de esta ley, por eso afirmó: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Marcos 2, 27); y en otra ocasión añadió: “…es lícito en sábado hacer el bien, en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla” (Marcos 3, 4). Incluso, fue más allá y llegó a decir: “El Hijo del hombre es Señor del sábado” (Marcos 2, 28), refiriéndose a sí mismo y a su poder de renovarlo todo.

EL DOMINGO, NUEVO DÍA DEL SEÑOR

Jesús resucitó, según nos dicen los Evangelios, “el primer día de la semana” (Mateo 28, 1), es decir, el domingo. Este gran acontecimiento de la resurrección de Jesús se convirtió, para los apóstoles y sus seguidores, en el acontecimiento más grande y significativo de la historia del mundo. A partir de entonces, el domingo pasó a ser para los cristianos el nuevo DÍA DEL SEÑOR, la fiesta de las fiestas.

Los primeros cristianos se reunían cada domingo, y juntos celebraban la Eucaristía. Así recordaban el primer día de la creación cuando Dios sacó la luz de las tinieblas, y renovaban la Resurrección de Jesús de entre los muertos, su triunfo definitivo sobre las tinieblas del pecado y la muerte, garantía de nuestra salvación. San Justino, uno de los Padres de la Iglesia primitiva, que vivió en el siglo II nos da su testimonio sobre estas reuniones celebrativas dominicales:

“El día que se llama del sol, todos, vivan en las ciudades o en el campo, se reúnen en un mismo lugar. Allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, las Memorias de los Apóstoles, y los escritos de los Profetas. Luego, cuando el lector termina, el presidente de la Palabra hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a una y elevamos nuestras plegarias. Cuando se terminan, como ya dijimos, se ofrece pan y vino y agua, y el presidente, según sus fuerzas, eleva igualmente a Dios sus plegarias y eucaristías, y todo el pueblo aclama diciendo “Amén”. Viene a continuación la distribución y participación de los alimentos eucarístizados, y su envío, por medio de los diáconos, a los ausentes. Los que tienen bienes y quieren, cada uno según su libre determinación, dan lo que bien les parece, y lo recogido se entrega al presidente, y él socorre con ello a huérfanos y viudas, y a los que por enfermedad o por otra causa están necesitados, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso. En una palabra, él se constituye en previsor de cuantos se hallan en necesidad” (San Justino Apología 67). 

Para nosotros católicos, la celebración del domingo sustituye la celebración del sábado como Día del Señor y nos permite cumplir el tercer mandamiento de la Ley y dar culto a Dios, Creador y Salvador nuestro. San Ignacio de Antioquía, Padre de la Iglesia dice: “Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte” (San Ignacio de Antioquía citado por el Catecismo de la Iglesia Católica N. 2175).

LA EUCARISTÍA DOMINICAL

Cada semana los católicos, seguidores de Jesús, celebramos el Día del Señor, el domingo, de la mejor manera que podemos celebrarlo, con la Eucaristía. La Eucaristía es la Cena del Señor, en la que Jesús renueva su Sacrificio de la cruz para salvarnos, y nosotros, unidos a El, honramos al Padre, lo alabamos y le damos gracias por todo lo que nos ha dado, particularmente los dones de la creación y de la salvación.

Esta costumbre de celebrar el Día del Señor con la reunión Eucarística, se remonta al tiempo de los apóstoles. En el libro de los Hechos leemos: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hechos de los Apóstoles 2, 42), y en la Carta a los Hebreos: “No abandonen su asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, anímense mutuamente” (Hebreos 10, 25).

La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana porque con ella celebramos el acontecimiento central de nuestra salvación, el MISTERIO PASCUAL DE JESÚS, en el día mismo en que tuvo lugar. Es una manifestación concreta de nuestra fe, el momento privilegiado de nuestra relación con Dios y de nuestra pertenencia a la Iglesia, su familia.

Participar en la Eucaristía dominical es “obligatorio”, bajo pecado grave, si no se está excusado de ello por causa justa. 

Son también días de precepto, es decir, fiestas en las que debemos participar en la celebración eucarística y tomar el debido descanso, el día de la Inmaculada Concepción de María, el 8 de Diciembre, el día de Navidad, 25 de Diciembre, y el día de Año Nuevo, celebración de la Maternidad Divina de María, el 1 de Enero.

El Código de Derecho Canónico dice: “Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde” (Código de Derecho Canónico, canon N. 1248, 1). 

También es importante en la celebración del domingo como Día del Señor, tomar el debido descanso, que recuerda el “descanso de Dios”, después de la creación. El descanso dominical nos permite compartir con nuestra familia, reponer nuestras fuerzas agotadas por el trabajo, y elevar nuestra mente a Dios para alabarlo y bendecirlo por su generosidad para con nosotros.

Igualmente es importante en este día, dedicar al menos un rato a la práctica de las obras de misericordia, que nos permiten hacer realidad el amor a Dios en los hermanos que sufren y que necesitan de nosotros, de nuestra compañía, de nuestra ayuda y de nuestro apoyo. Hacer efectivo el amor al prójimo en obras concretas de caridad, es la mejor forma de vivir el amor a Dios.

Si por circunstancias especiales, como pueden ser las responsabilidades propias de la profesión, vgr. la enfermería, la medicina, la vigilancia, etc., o por condiciones especiales de pobreza, es difícil tener el domingo como día de descanso, es importante que al menos se viva este día como un día especial de relación profunda y personal con Dios en la intimidad del ser, y tratar de tomar el debido descanso otro día de la semana.

EL DESCANSO DOMINICAL

También es importante en la celebración del domingo como Día del Señor, tomar el debido descanso, que recuerda el “descanso de Dios”, después de la creación. El descanso dominical nos permite compartir con nuestra familia, reponer nuestras fuerzas agotadas por el trabajo, y elevar nuestra mente a Dios para alabarlo y bendecirlo por su generosidad para con nosotros. 

Igualmente es importante en este día, dedicar al menos un rato a la práctica de las obras de misericordia, que nos permiten hacer realidad el amor a Dios en los hermanos que sufren y que necesitan de nosotros, de nuestra compañía, de nuestra ayuda y de nuestro apoyo. Hacer efectivo el amor al prójimo en obras concretas de caridad, es la mejor forma de vivir el amor a Dios.

Si por circunstancias especiales, como pueden ser las responsabilidades propias de la profesión, vgr. la enfermería, la medicina, la vigilancia, etc., o por condiciones especiales de pobreza, es difícil tener el domingo como día de descanso, es importante que al menos se viva este día como un día especial de relación profunda y personal con Dios en la intimidad del ser, y tratar de tomar el debido descanso otro día de la semana.

 

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