CUARTO MANDAMIENTO

HONRA

A TU PADRE Y A TU MADRE 

 “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar”(Éxodo 20, 12)

 Jesús “bajó con ellos a Nazaret, y vivía sujeto a ellos” (Lucas 2, 51)

El cuarto mandamiento nos pide amar, respetar y servir a quienes nos han dado la vida, y en general, a respetar y obedecer a todos los que tienen legítima autoridad.

Este mandamiento va dirigido, en primer lugar, a los hijos, en sus relaciones con sus padres; en segundo lugar, a todas las relaciones de parentesco entre los miembros del grupo familiar; y en tercer lugar, a los alumnos respecto a los maestros, a los empleados respecto a sus patronos, a los subordinados respecto a sus jefes, y a los ciudadanos respecto a las autoridades. Y comprende también, los deberes de los padres y tutores para con sus hijos y ahijados, de los maestros para con sus alumnos, de los jefes para con sus subordinados, y de los gobernantes para con los ciudadanos.

El cumplimiento del cuarto mandamiento trae consigo muchos frutos de orden material y espiritual, y su transgresión, graves daños para la familia y la sociedad en general.

LA FAMILIA EN EL PLAN DE DIOS

Al crear al hombre y la mujer, dándoles la capacidad de procrear, Dios mismo instituyó la familia humana, como la célula básica de sociedad.

Más adelante, con la institución del Sacramento del Matrimonio, Jesús dio un nuevo y más profundo sentido a la unión de los esposos, la bendijo y la hizo una e indisoluble. Por eso dijo: “¿No han leído que el Creador desde el principio los hizo varón y hembra, y que dijo: ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?’. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” (Mateo 19, 4-5).

Un hombre y una mujer que se aman, unidos en matrimonio, forman con sus hijos una familia, en la que existen vínculos de sangre, relaciones personales y responsabilidades mutuas, que todos tienen que respetar, si quieren vivir en paz y armonía.

LA FAMILIA CRISTIANA

Los esposos cristianos, unidos por el Sacramento del Matrimonio, y los hijos que han recibido el Sacramento del Bautismo, constituye la familia cristiana llamada Iglesia doméstica, célula fundamental a partir de la cual crece y se desarrolla la Iglesia Universal.

Los padres y los hijos cristianos, estamos llamados a amarnos y respetarnos, a servirnos y a ayudarnos, a orar juntos, a crecer juntos, a vivir juntos la fe, la esperanza y la caridad y a hacernos en el mundo portadores del amor de Dios por todos los hombres. San Pablo, en su Carta a los Colosenses nos dice sobre la conducta y las relaciones familiares: “Mujeres, sean sumisas a sus maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amen a sus mujeres y no sean ásperos con ellas. Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que se vuelvan apocados” (Colosenses 3, 18-22).

DEBERES DE LOS HIJOS

La paternidad de Dios respecto a todos los hombres, es la fuente de la paternidad humana, y el fundamento del honor, del respeto y del amor que los hijos debemos a nuestros padres. Pero también, estamos unidos a nuestros padres por un vínculo único e irrenunciable: son ellos quienes nos dieron la vida. Haber recibido la vida de nuestros padres, recibir su amor y sus cuidados, nos exige especial gratitud para con ellos. En el libro del Eclesiástico leemos: “Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que han hecho contigo?” (Eclesiástico 7, 27-28).

Expresamos nuestro amor filial y nuestro respeto a nuestros padres, con la docilidad y la obediencia a sus mandatos y recomendaciones. “Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre… en tus pasos ellos serán tu guía; cuando te acuestes, velarán por ti; conversarán contigo al despertar” dice el libro de los Proverbios (Proverbios 6, 20-22). Con la comprensión de sus debilidades y flaquezas; con la tolerancia en los momentos difíciles; con el servicio cuando necesitan nuestra ayuda.

Ser mayores no nos libera de los compromisos y las responsabilidades que tenemos para con nuestros padres; todo lo contrario, en la medida en que podamos, debemos prestarles nuestra ayuda material, especialmente cuando ya son ancianos, están enfermos, o se sienten solos y tristes. “Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no lo desprecies en la plenitud de tu vigor… como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre” (Eclesiástico 3, 12-13.16).

Nuestro amor y respeto para con nuestros padres, son elementos fundamentales de la armonía familiar, y hacen posible que nuestras relaciones con nuestros hermanos sean también amorosas, respetuosas, profundas y armoniosas. Una buena relación entre los hermanos, es particularmente agradable para los padres, y en gran medida compensa sus trabajos y sacrificios.

Una familia unida por el respeto y por el amor de todos sus miembros, es la más grande posesión que podamos tener; permite y ayuda, de manera sinigual, al adecuado desarrollo personal, afectivo, social y espiritual.

DEBERES DE LOS PADRES

Por haberles dado la vida, los padres son responsables del adecuado crecimiento y desarrollo de sus hijos, atendiendo a sus necesidades físicas, intelectuales y espirituales, en la medida de sus capacidades, y solicitando la ayuda necesaria cuando se sienten limitados para satisfacerlas como es debido.

Para cumplir a cabalidad su tarea, los padres deben mirar a sus hijos como hijos de Dios y como personas humanas, a quienes es preciso amar, ayudar y respetar, de un modo especial cuando son niños, y como tales, débiles e indefensos, y en la difícil etapa de la adolescencia.

La educación moral de los hijos y su formación en la fe, constituye un deber y un derecho de los padres, una tarea propia en la que nadie los puede reemplazar, aunque sí ayudar y apoyar.

La mejor forma de educar a los hijos es con el ejemplo. Un buen ejemplo vale más que muchas órdenes y mandatos, que pueden ser incomprensibles para los hijos si ven que sus padres dicen una cosa y hacen otra.

El hogar es el ambiente más adecuado para aprender a amar y respetar a los demás, a ser tolerantes y comprensivos, a ser serviciales y colaboradores. Es en el hogar, al lado del padre y de la madre, donde se aprende a obedecer las leyes y a ejercer la libertad; a amar y respetar la vida en todas sus formas, a ser honestos y sinceros, a ser justos, a respetar los bienes de los otros. Es en el hogar donde se aprende a ser responsables, a cumplir los compromisos que se adquieren, a respetar la palabra dada. En una palabra, es en el hogar donde se aprende a ser hombres y mujeres de verdad, capaces de cumplir a cabalidad con la tarea que nos corresponde en el mundo.

La corrección de los hijos debe ser siempre respetuosa; debe tener en cuenta su dignidad como personas, imagen de Dios, su sensibilidad, su edad, y sus condiciones particulares. No todos los niños y jóvenes tienen las mismas capacidades y por tanto, la conducta de algunos puede tener atenuantes importantes, que es preciso tener en cuenta. Un niño a quien le es fácil aprender lo que se le enseña, le es también más fácil comprender las órdenes que se le dan, y por lo tanto se le puede exigir más que a un niño con limitaciones intelectuales y físicas. Los castigos deben ser razonables, ajustados a la falta cometida, y nunca deben causar daño al niño.

Un aspecto fundamental de la educación de los hijos lo constituye su evangelización o formación en la fe cristiana, católica. En este sentido, los padres son para sus hijos los primeros “testigos de la fe”, y como tales, son responsables de su iniciación en la vida cristiana, pidiendo para ellos el Bautismo, y alimentando su fe paulatinamente, desde su más tierna infancia, y conforme van creciendo y desarrollándose.

Para ayudarse en su tarea de educadores, los padres tienen el derecho de elegir para sus hijos una escuela adecuada, de acuerdo con sus convicciones. El Estado, por su parte, tiene la obligación de participar activamente en la educación de los niños y los jóvenes, proveyendo estas escuelas.

Cuando los hijos llegan a la edad apropiada, tienen el derecho de elegir su profesión y su estado de vida, solteros, casados o religiosos, y los padres están en la obligación de respetar su elección, y de ayudarles con sus consejos y orientaciones.

La tarea de los padres es una tarea exigente y difícil, que hay que saber enfrentar con amor y capacidad de servicio; si no hay amor, se vuelve una tarea pesada y hasta imposible de cumplir; con amor todo es realizable, las dificultades son superables y el futuro un reto para afrontar.

LA AUTORIDAD EN LA SOCIEDAD CIVIL

El cuarto mandamiento nos pide también, honrar y respetar a quienes tienen alguna autoridad en la sociedad, a nivel público o privado.

DEBERES DE LAS AUTORIDADES

Toda autoridad procede de Dios, y en este sentido, su ejercicio no puede ir nunca en contra de la dignidad de la persona humana y de la ley natural. Además, quienes ejercen autoridad deben saber que la autoridad, cualquiera que sea, es siempre un servicio. Jesús mismo lo enseñó así: “El que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su esclavo” (Mateo 20, 26).

El ejercicio de la autoridad, en cualquier campo que sea, debe fundamentarse en una adecuada jerarquía de valores, que permita el ejercicio de la libertad y la responsabilidad de todos. Los superiores deben ser siempre justos en el trato con sus subalternos, respetar su dignidad, buscar el bien común antes que el bien personal, y dirigir todas sus acciones hacia la consolidación de la concordia y la paz.

El poder político, por su parte, tiene la obligación de respetar los derechos fundamentales de la persona humana, sin distinciones de ninguna clase, y de un modo muy especial, los derechos de los más pobres y débiles.

DEBERES DE LOS CIUDADANOS

Quienes están sometidos a la autoridad, y todos estamos sometidos a alguna autoridad, debemos mirar a nuestros superiores como representantes de Dios. San Pedro, en su Primera Carta nos dice sobre esto: “Sean sumisos, a causa del señor, a toda institución humana… Obren como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios” (1 Pedro 2, 13.16). Esta sumisión a la autoridad implica cooperar con ella en la búsqueda del bien para la comunidad, respetando siempre la verdad, la justicia y la libertad, y con espíritu sensible y solidario.

En la sociedad civil, los ciudadanos estamos obligados a respetar las leyes de nuestro país, y a colaborar en lo que se nos pida, con miras al bien común; en este sentido, es nuestra obligación moral, pagar impuestos, ejercer el derecho al voto, y defender la patria en todo lo que sea necesario. “Den a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos, impuestos: a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor” (Romanos 13, 7), nos dice San Pablo en su Carta a los Romanos.

Cuando las leyes de un país, o de un grupo humano, cualquiera que sea, son contrarias a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas, o al Evangelio, los ciudadanos estamos obligados, en conciencia, a rechazarlas. La Sagrada Escritura es clara en esto: “Hay que obedecer a Dios, antes que a los hombres” (Hechos de los apóstoles 5, 29).

Finalmente, cuando es necesario oponerse a la autoridad, que oprime a quienes gobiernan, no se debe recurrir a la violencia, por que la violencia genera más violencia y con ella, males peores.

Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor; porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, tal es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: Para que seas feliz y se prolonguen tus días sobre la tierra” (Efesios 6, 1-2)

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