VIDA DE JESÚS

Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros…” (Juan 1, 14a.)

El Misterio de la Encarnación de Jesús se despliega y desarrolla en los acontecimientos de su vida, y alcanza su plenitud en el Misterio Pascual: su pasión, su muerte, y su gloriosa resurrección y ascensión al cielo.

LOS EVANGELIOS Y LA VIDA DE JESÚS

Los Evangelios no son una biografía de Jesús, no narran estrictamente toda su vida. Muchos datos de su vida en Nazaret y muchos hechos de su vida pública, no aparecen en ellos. San Juan nos dice en su Evangelio que lo que en él leemos, fue escrito “Para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Juan 20, 31).

Las acciones, los milagros y las enseñanzas de Jesús, reunidos en los Evangelios, nos muestran quién es El. Su humanidad nos hace visible su condición divina y su misión de Salvador.

Jesús nos revela, nos hace presente a Dios Padre. Su presencia en nuestro mundo es manifestación del amor que Dios Padre nos tiene. Su tarea es conseguir la salvación para todos los hombres de todos los tiempos y lugares. Su vida entera es Misterio de Salvación.

MISTERIOS DE LA INFANCIA DE JESÚS

La venida de Jesús al mundo fue preparada por Dios durante siglos. La anunció al pueblo de Israel por medio de los profetas. Y en el corazón de los paganos despertó una espera confusa de esta venida.

Juan Bautista, el hijo de Isabel, fue su precursor inmediato, el último profeta y el mayor de ellos. Desde el seno de su madre, Juan saludó la venida de Jesús y se alegró por ella.

Durante el Tiempo de Adviento, anterior a la Navidad, los católicos celebramos en la Iglesia la preparación para esta primera venida de Jesús y renovamos nuestra esperanza en su “Segunda venida” al final de los tiempos.

EL NACIMIENTO

Cumplido el tiempo, Jesús nació en Belén, en la pobreza y humildad de un establo, y unos sencillos pastores fueron los primeros testigos de este gran acontecimiento.

No teman… les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo el Señor, y esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre… Los pastores fueron a toda prisa y encontraron a María, a José, y al niño acostado en el pesebre… Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que los oyeron se maravillaban de lo que los pastores decían” (Lucas 2, 10-12.16.17-18).

Cada Navidad que celebremos, Jesús nace de nuevo entre nosotros y nos invita a hacerlo presente en el mundo, por el testimonio de nuestra vida.

LA CIRCUNCISIÓN

Al octavo día de su nacimiento, Jesús fue circuncidado, como mandaba la Ley. La circuncisión era señal de pertenencia a la descendencia de Abrahán en el pueblo de la Alianza. “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarlo, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno materno” (Lucas 2, 21).

ADORACIÓN DE LOS MAGOS

El Evangelio de San Mateo nos habla de la manifestación de Jesús a unos magos de Oriente, que guiados por una estrella buscaban al rey de los judíos. “La estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño… Entraron en la casa, vieron al Niño con María su Madre y postrándose lo adoraron; abrieron luego sus cofres y les ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mateo 2, 9b-11).

Esta primera manifestación de Jesús como el Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo, la llamamos EPIFANÍA. Jesús se manifiesta y ofrece su salvación también a los paganos, a cuyos sabios atrae a su luz.

La Iglesia celebra la Epifanía el 6 de Enero. En Colombia, por una concesión especial la celebramos el domingo entre el 2 y el 8 de Enero.

PRESENTACIÓN EN EL TEMPLO

Como todos los hijos primogénitos, Jesús fue llevado al Templo de Jerusalén, cuarenta días después de su nacimiento. “Cuando se cumplieron los días de la purificación…, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor…” (Lucas 2, 22-23).

En el Templo, Jesús fue reconocido por el anciano Simeón y por la profetisa Ana, como el Mesías esperado por Israel, “Luz para iluminar a los gentiles y gloria de su pueblo Israel” (Lucas 2, 32), y también como “señal de contradicción” (Lucas 2, 34), para muchos.

HUIDA A EGIPTO

La huida a Egipto y la matanza de los inocentes ordenada por Herodes, manifiestan la oposición de las tinieblas, que aparece a lo largo de toda la vida de Jesús.

Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel… Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret” (Mateo 2, 19.20a.22).

El regreso de Egipto nos presenta a Jesús como el libertador definitivo de Israel y de toda la humanidad, de la esclavitud del pecado.

VIDA OCULTA EN NAZARET

En Nazaret, Jesús llevó una vida ordinaria, semejante a la de cualquier persona. El Evangelio de San Lucas nos dice que “el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre El” (Lucas 2, 40).

El único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años de la vida oculta de Jesús, es su visita a Jerusalén cuando tenía 12 años, para celebrar allí la Fiesta de la Pascua. “El niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres” (Lucas 2, 43). En este episodio de su vida, Jesús dejó entrever el Misterio de su consagración total a una misión derivada de su condición de Hijo de Dios. “¿No sabían que debía estar en la casa de mi Padre?” (Lucas 2, 49). María y José no comprendieron estas palabras, pero las acogieron con fe, y “María conservaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2, 51b).

MISTERIOS DE LA VIDA PUBLICA DE JESÚS

Jesús comenzó su vida pública con su Bautismo en el Jordán. “Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu en forma de paloma bajaba a El. Y se oyó una voz que venía de los cielos: ‘Tú eres mi Hijo amado, en Ti me complazco’” (Marcos 1, 9-11).

De esta manera, Jesús aceptó e inició su misión de Salvador.

LAS TENTACIONES

Inmediatamente después del Bautismo, los Evangelios nos hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto, al final del cual, Satanás lo tentó tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. “El Espíritu lo empuja al desierto y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás…” (Marcos 1, 12.13a.).

En el desierto, Jesús se reveló como el Siervo de Dios totalmente obediente a la Voluntad divina. Jesús abre el verdadero camino de la salvación, un camino que no es de confianza en sí mismo y de facilidad, sino de obediencia y de abnegación.

Todos los años los católicos nos unimos a este Misterio de Jesús en el desierto, durante el Tiempo de Cuaresma.

EL ANUNCIO DEL REINO DE DIOS

Cuando Juan Bautista fue hecho prisionero, Jesús se fue a Galilea y proclamaba la Buena Nueva del Reino de Dios. “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Marcos 1, 15).

El Reino de Dios es el “proyecto de Dios” sobre el hombre, los hombres de hoy y los hombres de siempre, los hombres del pasado, los hombres del presente y los hombres del futuro. Este “proyecto de Dios” sobre el hombre, involucra lo personal o individual, lo histórico, y lo último o definitivo. El Reino de Dios es liberación del hombre del pecado, lucha por la justicia social, y la salvación eterna.

Todos los hombres estamos llamados a entrar en este Reino de Dios, anunciado primero al pueblo de Israel. Lo único necesario es acoger con corazón humilde las palabras de Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mateo 5, 3).

Desde el pesebre hasta la cruz, Jesús compartió la vida de los pobres, se identificó con ellos, e hizo del amor efectivo hacia ellos, la condición para entrar en su Reino. “Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; era forastero y me acogieron; estaba desnudo y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel y vinieron a verme… cuanto hicieron a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicieron…” (Mateo 25, 34-36.40).

EL MANDAMIENTO DEL AMOR

El centro del mensaje de Jesús, es el Mandamiento del amor: amor a Dios sobre todas las cosas, y amor al prójimo como a sí mismo. Donde hay amor todo lo demás está incluido.

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mateo 22, 37-40).

Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a lo otros. Que como Yo los he amado, así también se amen ustedes, los unos a los otros. En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros” (Juan 13, 34-35).

JESÚS Y LOS PECADORES

Jesús invitó a los pecadores a la conversión, necesaria para poder entrar en su Reino, y les mostró de palabra y con hechos, la misericordia ilimitada de Dios Padre. “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Marcos 2, 17). “Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lucas 15, 7).

La prueba suprema de este amor de Dios Padre y de Jesús, por los pecadores, será el sacrificio de su propia vida, ofrecida “para el perdón de los pecados” (Mateo 26, 28).

LOS MILAGROS, SIGNOS DEL REINO

Jesús acompañó sus enseñanzas con numerosos milagros que atestiguaban que El era el Mesías anunciado, enviado por el Padre, e invitaban a creer en El. Decía: “Las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de Mí, de que el Padre me ha enviado (Juan 5, 36).

Entre los milagros de Jesús se destacan las expulsiones de demonios, que anticipaban la gran victoria de Jesús sobre Satanás y la instauración definitiva del Reino de Dios. “Si por el espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios” (Mateo 12, 28).

A pesar de todo, Jesús fue rechazado por algunos y se le llegó a acusar de obrar movido por los demonios.

LOS DOCE APÓSTOLES

Desde el comienzo de su vida pública, Jesús eligió doce hombres para que estuvieran con El y participaran de su misión. “Les dio autoridad y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar” (Lucas 9, 2). El Evangelio nos da sus nombres. “Sucedió que por aquellos días se fue Jesús al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien también llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote que llegó a ser un traidor” (Lucas 6, 12-16).

Entre los doce, Jesús escogió a Pedro y le confió la misión de guiar a los demás y ser cabeza de su Iglesia. “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella. A ti te daré las llaves del Reino de los cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 16, 18-19).

LA TRANSFIGURACIÓN

Cuando ya estaba próximo el momento de su pasión y muerte, Jesús anunció a sus discípulos lo que iba a suceder, pero ellos no lo entendieron. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración.

Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante… Conversaban con El dos hombres, que eran Moisés y Elías, y hablaban de su partida que se iba a cumplir en Jerusalén… Después una nube los cubrió… y se escuchó una voz que decía: ‘Este es mi Hijo, mi Elegido, escúchenlo’” (Lucas 9, 28-31.34.35.).

La Transfiguración dio a los apóstoles una visión anticipada de la gloria de su Maestro. Esta visión estaba destinada a fortalecerlos para afrontar con valor los acontecimientos dolorosos que estaban por suceder.

SUBIDA A JERUSALÉN

Como se iban cumpliendo los días de su ascensión, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén” (Lucas 9, 51). Estaba dispuesto a morir en ella y hacia ella se encaminó sin temor.

El Evangelio de San Mateo nos cuenta que “fueron los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y El se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían… y la gente que iba delante y detrás de El, gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió ‘¿Quién es este?’, decían. Y la gente respondía: ‘Este es el profeta, Jesús de Nazaret de Galilea’” (Mateo 21, 6-11).

La entrada de Jesús en Jerusalén, manifiesta la venida del Reino, que el rey Mesías llevará a cabo en el Misterio Pascual de su gloriosa pasión, muerte, resurrección y ascensión.

En la Iglesia celebramos este acontecimiento tan importante en la vida de Jesús, cada año, el Domingo de Ramos, cuando empieza la Semana Santa.

 

 

 

 

 

 

 

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